El papa Francisco, el gran personaje del 2013. No por su condición de guía espiritual de millones de católicos, sino por su liderazgo mundial ejercido a través de la palabra, del ejemplo y de las realizaciones. Seguirá siendo el personaje, por muchos años, mientras continúe imprimiéndoles fuerza a los cambios requeridos por una iglesia que se venía alejando de la esencia ideológica del Evangelio.
Su personalidad avasalladora, su coherencia doctrinaria para concordar la esencia cristiana con los nuevos tiempos, su lenguaje sencillo y lógico, su calor humano -lejos de aquellos oropeles que alguna vez exhibieron sus antecesores- lo hacen un ser imantado de sabiduría y humildad.
Entiende Francisco que entre Fe, Religión y Ciencia no puede haber rupturas, sino más consensos que disensos, más comprensión que anatemas. Comprende que la mujer es importante en el tejido de la iglesia universal. Por eso le va reconociendo un protagonismo que antes, en época de la misoginia clerical, se le desconocía.
Penetra este Francisco hasta el hondo del alma de la juventud para atraerla a través de la sinceridad y la autenticidad, que son los parales que la cautivan.
Está retomando las directrices del Concilio Vaticano II para volver sus ojos al legado de Juan XXIII y borrar definitivamente con las huella de aquellos pontífices que se creyeron más emperadores terrenales que delegados del apóstol Pedro.
Francisco conmueve con su sonrisa, como lo hizo Mandela, ese otro apóstol de la convivencia. Transmite a través de ella cordialidad, fuerza y sabiduría. Inspira confianza, rompe hielos, desarma espíritus. No necesita de poder militar o económico para persuadir y someter. Su seducción está en la fuerza de la razón y de la fe.
Se acerca a las iglesias cristianas que no comulgan con Roma, así como a las no cristianas en su propósito de rescatar y dignificar al ser humano, dejando de lado las excomuniones a las cuales fuera tan proclive la iglesia ultramontana.
Quiere reformar -y le sobran agallas para emprender con coraje esta empresa purificadora- la curia vaticana y los sistemas financieros que la permearon de corrupción, excentricidades y escándalos. Sabe que dentro de aquella cuenta con enemigos poderosos. Ya la prensa alemana los desenmascara. Solapadamente algunos purpurados quieren debilitar su prestigio y torpedear sus iniciativas.
Austero. Sabe que el fundador de su iglesia no tenía ni una roca en donde reclinar su cabeza. Por eso hace esfuerzos por sacarla del boato y los oropeles. Condena a obispos y curas pederastas sin irse por las ramas. Quiere descentralizar -para darle la importancia que requieren las organizaciones locales- la cerrada toma de decisiones que espantan bajo la cúpula vaticana.
Todas estas decisiones, toda esta filosofía, toda esta actualización de una iglesia que se estaba consumiendo en la arterioesclerosis mental, toda esta defensa de los principios esenciales del cristianismo, lo hacen el verdadero pastor universal y el protagonista de un siglo en el cual podría verse la reconciliación o la tolerancia para convivir en armonía entre el racionalismo y las religiones.