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FÚTBOL: NO ES UN JUEGO

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30 de septiembre de 2013
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Confieso que nunca he seguido un equipo, idolatrado a un jugador o venerado una camiseta como la mayoría de mis amigos. Nunca. Y por eso me es tan difícil escribir sobre algo que no entiendo.

Pero resulta imposible no sentirme parte de una sociedad que se ha llenado tanto de intransigencia en ese deporte, que se vuelve casi rutinario que unos ataquen a otros simplemente por llevar casacas diferentes o seguir al equipo contrario.

Atroz.

Sin duda esto es un fenómeno de una parte muy específica de la sociedad. Pero esta permea por las dispersas células sociales y se expresa de manera distinta en los diferentes sectores socioeconómicos.

Ahora bien, sin importar en dónde se vea, oiga o disfrute de la pasión del fútbol, la gran mayoría de veces esta está cargada de agresión verbal entre los técnicos, jugadores, seguidores o hinchas, y una competitividad desmedida que se deforma en altísimas dosis de grosería, enfrentamientos y vanidad.

La provocación del contrario, activa o pasiva, hace parte de este deporte, tanto como la pelota y el arco. Y esa hostilidad se expresa y verbaliza con más alta cantidad que en cualquier otra actividad de competencia o deporte.

Para cambiar eso, porque hay que hacerlo, hay que golpear la esencia misma del fútbol. No hacen falta más leyes, no. Ni tampoco se trata de prohibir los eventos o la asistencia a ellos, menos.

Hace falta altura.

Esa empieza en los técnicos de los equipos dando ejemplo en las pantallas, y sigue en los jugadores y su manera de manejar la victoria, con modestia, pero, más importante aún, aceptar la derrota con clase.

Finalmente, radica en los hinchas, que son la razón de este juego. Ese que siente tanto orgullo llevando la camiseta ganadora, o tanta vergüenza y rabia cuando su onceno no fue el triunfador.

En el seguidor es donde más responsabilidad radica para lograr un cambio en el fútbol, sobre todo de llevar con humildad y moderación su victoria. Las celebraciones de estos partidos, ya está comprobado, desahogan en situaciones que generan inmenso resentimiento en los vencidos.

Es claro. Somos una sociedad enferma si nuestros agresores se forman en los estadios. O si, para nombrar sólo dos aterradores ejemplos, Pedro Contreras en Engativá tiene que morir defendiendo a su hijo de unos desajustados hinchas, y Óscar Sandino es asesinado por fanáticos del Cali, simplemente por ser de Millonarios.

El delito: tener otra camiseta. Muerte, su sentencia sin juicio.

La tolerancia tiene que ser la red donde celebra el balón de este deporte. Y esa tiene que empezar por una cultura donde los equipos ganadores manejan con menos ardor su victoria. No restregar el triunfo en la cara de los vencidos con el ánimo de la humillación, generará un cambio en la interrelación de los hinchas. Sin duda.

Es una manera de pedir que se cambie la forma de celebrar en este apasionado deporte, pero no queda otra opción en un país, donde la gente se apuñala por un gol, o una simple camiseta. La muerte de estos hinchas no es un juego, como no lo puede seguir siendo el fútbol, si esto no cambia.

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