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HISTÓRICO
INNOVACIÓN CRIMINAL
  • INNOVACIÓN CRIMINAL |
    INNOVACIÓN CRIMINAL |
Por SANTIAGO SILVA JARAMILLO | Publicado el 16 de octubre de 2013

Cambiante como siempre, la violencia en Colombia se sigue aprovechando de los viejos vicios para encontrar nuevos espacios e innovar en sus formas de sobrevivir, expandirse y fortalecerse. Ese tirano del que varias veces he hablado en esta columna: el miedo, y la arbitrariedad de quienes lo utilizan como arma; la fuente del poder de los bandidos que someten a diario las calles de las ciudades y pueblos de nuestro país.

La primera señal de esta mutación (perdón, innovación) es la ausencia completa de cualquier residuo ideológico. A las nuevas bandas poco les importan los fines políticos, aunque tengan una necesidad de cooptar los medios. De hecho, aunque entienden lo valioso que puede ser controlar algunos sectores políticos en sus centros de operación, lejos están los tiempos en los que esta cooptación buscaba cambios sobre la estructura de lo público.

El más reciente y preocupante ejemplo es la captura del gobernador de La Guajira, Juan Francisco Gómez. El líder político es acusado de haber mantenido vínculos con los grupos de autodefensa y luego con las bandas criminales, además de supuestamente participar en la ejecución de tres homicidios de rivales y viejos aliados políticos de la región.

Según lo han reportado varios medios de comunicación, el gobernador guajiro mantiene un férreo control sobre las dinámicas políticas y sociales de amplios territorios en el norte del país.

Por otro lado, desde julio de este año, según InSight Crime, las dos grandes estructuras criminales de Medellín: los "Urabeños" y la "Oficina de Envigado", lograron un acuerdo que busca regular sus conflictos económicos y de control de los combos en la ciudad. El pacto sería el principal responsable de la reciente reducción en los homicidios. En efecto, la Alcaldía de Medellín reportó que los homicidios se redujeron en un 13,4 % en agosto en comparación con datos del año pasado.

Los últimos años nos han mostrado que los criminales entienden la violencia como un mal negocio; que contratar sicarios, comprar armas y munición, y sostener enfrentamientos son gastos de operación que mejor valdría evitar.

Así, los pactos, la cooptación política y las hegemonías criminales pueden llevar a una reducción de la violencia homicida, pero fenómenos como la extorsión, el desplazamiento forzado y la protección violenta tienden a empeorar.

Nos enfrentamos entonces a una mafia con el poder militar de un grupo paramilitar, los recursos de uno narcotraficante y la intención de ocultamiento de las mafias tradicionales. En términos de innovación criminal, parecemos estar, de nuevo, a la vanguardia.