Una mañana, Eike Batista se despertó siendo la séptima fortuna del mundo. Se miró al espejo y en él vio reflejado el símbolo de la pujanza brasileña, orgullo de una nación llamada a codearse con los siete grandes, estandarte del éxito absoluto y de la esperanza de todo un país en un futuro opulento. Dios de los negocios; mecenas de las causas perdidas y los sueños.
Se embutió uno de sus cientos de trajes clonados a medida y se sintió como un rey Midas, capaz de convertir en oro todo cuanto tocaba. Su conglomerado empresarial EBX, dividido en cientos de empresas titánicas, lo abarcaba todo: petróleo, industria naval, minerales, incluso oro y diamantes. Miles de millones de dólares en juego. A sus 57 años recién cumplidos, Eike bautizaba a todas sus empresas con una X para simbolizar el efecto multiplicador de su dinero, 34.500 millones, según "Forbes", la biblia de los ricos.
Poco importaba ya el turbio origen de la fortuna familiar que, según las malas lenguas, provenía de los mapas que le dio su padre, Eliezer Batista, antiguo ministro de Minas y Energía y presidente de la gigantesca minera Vale durante el régimen militar, para iniciar sus actividades de comercio de oro y diamantes en la Amazonia, en la década de los 80.
Apenas un año y medio después, Batista volvió a mirarse en el espejo y vio en él a un fracasado. Un pelele al que acosaban los acreedores y vilipendiaba la prensa hasta hace dos días servil y zalamera cual puta barata. En un abrir y cerrar de ojos, el Imperio X se había desvanecido. Más de 30.000 millones de dólares evaporados en una pesadilla sin final. Se miró los bolsillos y sólo encontró un 1 % de su fortuna. Las deudas de OGX, su gigante petrolero, habían alcanzado los 5.400 millones de dólares y arrastrado a la bancarrota a todo su grupo en el mayor proceso de concurso de acreedores de América Latina desde 1990, según la agencia de riesgo Moody"s.
Las burlas al "nuevo pobre" de Brasil recorren desde el pasado fin de semana las redes sociales y copan las portadas de los diarios. Todo sirve ahora de carnaza para hacer leña del árbol caído. La cuenta de 5.000 dólares en una discoteca de moda de Río de Janeiro que ha dejado sin pagar su hijo Oli, su estilo de vida excéntrico y megalómano, su matrimonio con la ex "playmate" Luma de Oliveira, reina de una escuela de samba durante muchos años, el Mercedes-Benz McLaren estacionado en el salón de su mansión, el atropello a un ciclista de su hijo Thor (los dos vástagos fueron bautizados con nombres de dioses vikingos) con ese mismo modelo de coche o el desguace de su yate de lujo, vendido como chatarra, alimentan los despiadados ataques.
Atrás quedan los halagos a sus malabarismos financieros y decenas de proyectos en Río de Janeiro que debería haber financiado el magnate Batista, desde la reestructuración de zonas enteras de la ciudad para los Juegos Olímpicos del 2016 a los proyectos sociales de envergadura en las favelas "pacificadas" a tiros o el astillero monumental de São João de Barro, que iba a ocupar más de tres millones de metros cuadrados.
Atrás quedan también las palabras pronunciadas por la presidenta Dilma Rousseff hace poco más de un año. "Eike es nuestro modelo, nuestra expectativa y, sobre todo, el orgullo de Brasil", dijo.
Si nos atenemos a esa declaración, la caída de este gigante con pies de barro no augura nada bueno al persistente deterioro económico de un país que creció al 0,9 % en 2012 cuando dos años atrás lo hacía al 7,5 %.
Mientras los demás vecinos corren, Brasil arrastra sus enormes pies atenazado por la inflación, que espera se mantenga elevada debido a un ajustado mercado laboral y el alto consumo, y una economía proteccionista en extremo.
El hundimiento de los colosos suele dejarnos lecciones magistrales. Por lo pronto, se acabó la fiesta. En Brasil y en toda Iberoamérica.
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