No todos saben bailar lo mismo. Algunos bailan hip hop, otros salsa. Unos son más contemporáneos, otros más clásicos. Por eso a Luzllorlady Giraldo, que no tenía ni idea de breakdance, le tocó aprender. Hacer que el cuerpo se moviera a otros ritmos.
"En esta obra -dice ella- los bailarines tenemos un lenguaje diferente y venimos de distintos procesos de formación".
Así que más allá del aprendizaje, ello hace que la obra sea diversa, experimental, de mucha investigación. Tenían que buscar un lenguaje común para poder llegar a la metáfora del nombre: Caída libre.
Todo se dice a través del cuerpo, que se mueve al sonido de la música. Movimientos suaves, rápidos, bruscos y altos: también caen desde arriba.
"La estructura es circular. Vamos a hacerle un zoom a la historia. Son seres de ciudad, guiados por la monotonía, por la rutina", explica Andrés Felipe Avendaño, el director.
El juego está en los zapatos. Ellos no son siempre lo que quieren ser, sino lo que les han dicho que sean. La madre está ahí, guiando en ese deber ser, y todo va bien, hasta cuando nace ese ser pequeño que les hace quitar los zapatos: puede haber muchas más posibilidades de ser otras cosas. Entonces dejan un lado las botas de militar, los gigantes esos de los payasos y todos los zapatos, de distintas y clases, gastados, nuevos.
Ahora se dejan guiar por los pies, en solitario.
Porque estaba la princesa con los zapatos de campesina, el punkero con los de ballet y la pregunta, ¿qué es lo que quiere ser por usted y no porque los otros lo hacen?
Descalzos van a bailar, a mirarse, a abrazarse, a redescubrirse. "Se van a quitar la piel - cuenta el director- y a quedar vulnerables y abiertos a todo lo que puede pasar". Van a caer libremente.
Solo que después de probar hay que tomar decisiones y en eso de los dos caminos, unos vuelven a los zapatos (a ser lo que los otros les han dicho que sean) y otros vuelven a los no zapatos (a ser lo que quieren ser). Los que no se suman a la mayoría son abandonados por el grupo.
Son 50 minutos, narrados con música original. El piano es protagonista y permite hacer énfasis en esos momentos más fuertes y en esos más suaves. Hay vértigo, "hay riesgo y compromiso corporal en las acrobacias, en los movimientos", dice la bailarina. Hay emoción y hay historia.
También está la posibilidad de vestirse los pies.
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