Los corresponsales mexicanos no firman sus notas. El grado de intimidación y riesgo les impide estampar sus rúbricas en los despachos a sus redacciones centrales en el Distrito Federal o fuera del país. Los carteles del narcotráfico —con 89 ramificaciones, según las últimas investigaciones— permean todo. Incluso, lo conversé con varios colegas de ese país, hay periodistas que escogieron venderle el alma al diablo y trabajan para la mafia.
El ambiente es cambiante y peligroso. Aunque en el 60 por ciento de los estados (departamentos) del norte de México se sufre la presión de clanes criminales del narcotráfico, hay dos en particular azotados sin tregua por las bandas y sus atropellos: Sinaloa y Tamaulipas.
En Culiacán (Sinaloa), una ciudad bastante parecida hoy a la Medellín de finales de los ochenta y principios de los noventa —incluso también en su topografía y clima—, un reportero sale de su casa pero no sabe si regresa. Los medios y redactores más valientes se han ido silenciando para no perder la publicidad, pero sobre todo la libertad o la vida.
En Tamaulipas, entre tanto, amenazan, secuestran y asesinan a periodistas. Los narcos convocan ruedas de prensa y direccionan o imponen, incluso, las coberturas informativas. Allí pasaron, en la última década, de 300 asesinatos a 3.000 por año.
Selene Vásquez, diputada del estado de Michoacán, otro polvorín, denunció esta semana en el periódico El País, de España, que hay zonas de esa jurisdicción que están en "situación de guerra. La población sabe que si no van armados (sic), ese día pueden no volver. En gran parte de Michoacán hay un estado de excepción y en todo el territorio hay una oleada del crimen organizado, hay secuestro y cobros de cuotas" por parte de las bandas del crimen organizado.
Miembros de un comité pro derechos humanos de esa región dieron angustiantes testimonios al diario ibérico: "Es una pesadilla lo que estamos viviendo. Estamos olvidados en algún lugar que también es México". En su zona apenas quedan 25 militares y, según los lugareños, es la gente la que los cuida a ellos.
Las regiones están aterrorizadas y se sufre el que llaman "efecto cucaracha": si llega el Ejército, entonces los narcos y sus sicarios se corren a las ciudades y estados vecinos.
En la cobertura de ese conflicto, según los colegas mexicanos con los que charlé, apenas se publica el 30 por ciento de lo que pasa. El 70 por ciento se va al tarro de la autocensura.
Este es un mensaje de rechazo y solidaridad frente a una nación silenciada. Un gesto de hermandad y colegaje con quienes aún luchan por la verdad y con aquellos a los que ya callaron.
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