Al quedar en el limbo la facultad reguladora del Estado sobre el medio televisivo, porque desaparece la cuestionadísima Comisión Nacional de Televisión, tal parece que los canales privados están celebrando un festival sin control con programas y horarios. Juegan con el tiempo de los espectadores. La semana pasada resultó caótica. Volvió a alterársenos la rutina nocturna a los televidentes que hemos venido siguiendo Amar y temery La bruja , unos dramatizados que representan algo así como fragmentos patéticos de la historia patria.
El problema no reside sólo en que se cambien de modo arbitrario las horas de transmisión y que hayan lanzado a la cola de la programación Amar y temer , una figuración crítica telenovelada de la Colombia pervertida por la politiquería y el gamonalismo solapados y brutales de los cincuenta. La cuestión de fondo está en el desplazamiento de la familia. La televisión dejó de congregarla porque no le ofrece una agenda recreativa, educativa y cultural de verdadero interés, sino un menú de distracción banal, recargado de violencia, de escenas íntimas y morbosidad repelentes y fastidiosas, de algunas noticias trasnochadas y, claro está, de muchos goles y abundante frivolidad farandulera y chismografía barata. Programas que tienen contenido ético y se diferencian del relativismo valorativo de la franja privilegiada, quedan relegados a horarios de segunda y tercera categorías, porque no se concilian con el modo errático y desatinado que aplican los responsables de establecer prioridades en la caja nacional de entretenimiento.
En torno a la televisión se reunía la familia nuclear, la que vemos cómo sigue diluyéndose en nuestra sociedad. La programación se hacía con instrumentos tecnológicos rudimentarios, la disfrutábamos en blanco y negro y en receptores de diecisiete pulgadas, pero se planeaba con criterio de respeto por la teleaudiencia y de atención a la complejidad de intereses de los integrantes de los hogares. No era tan patente la imposición descarada de contenidos que están dándole al medio una fisonomía basuriega. A la modernización en recursos técnicos no corresponde un mejoramiento de la calidad. Mientras los primeros captan, sugestionan y sorprenden, la segunda continúa en declive constante.
Tiendo a ser escéptico sobre el futuro de la televisión de nuestro país, a menos que se retome el sentido común y se planee con sindéresis un giro trascendental en la orientación de un medio que debería dinamizar la educación y la cultura, la saludable administración del tiempo de ocio y la salida del subdesarrollo en el campo del conocimiento. La televisión continuará en proceso de visible decadencia, mientras no vuelva a pensarse y emitirse con base en el respeto al tiempo y las reales necesidades de recreación e información de la familia, marginal y teledesplazada, pese a su carácter esencial en la sociedad.
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