Revolviendo papeles polvorientos, olorosos a viejo (¡oh, el polvillo de la nostalgia!) encontré que hace treinta años, en vísperas de la boda de la siempre llorada Lady Di con el siempre fastidioso Príncipe Carlos de Inglaterra, escribí una columnita titulada como ésta, que ahora revivo con la venia de los lectores y cayendo tal vez en el pecado que condeno: el culto a la nostalgia.
Decía entonces, y creo que se puede repetir hoy, que toda esta parafernalia romántica en torno a la boda real del príncipe Guillermo con la plebeya Kate Middleton, lo que descubre (o encubre) es un deseo de volver al pasado.
La típica moda retro, característica de un mundo cansado, desorientado, que ha perdido las raíces y vuelve la cara para no mirar el horizonte. La nostalgia se vende bien.
Porque es una forma elegante y sofisticada de encubrir las crisis, de esconder la debilidad, de sacarle el cuerpo al futuro.
El estilo retro es una vuelta hacia atrás, aparentemente anodina y aséptica y que, por lo tanto, recibe la aprobación y la condescendencia de todos. No se corre ningún peligro. ¿Qué amenaza ofrece para la sociedad, para las instituciones, que la gente se deleite en evocaciones del pasado, que se deje fascinar por ese inocente sabor a cosas viejas que tienen los recuerdos?
Hay que darle vía libre a la nostalgia. ¡Que viva el pasado!
Y se reivindican los gustos añejos, se recuperan de entre los escombros de los tiempos idos, los filmes, las canciones, los muebles, los vestidos, los peinados, los libros.
Hasta las realezas obsoletas. Todo tiempo pasado fue mejor. Con un refinamiento casi morboso, la gente se acomoda treinta, cincuenta, cien años atrás. Es la moda retro: nostalgia política, nostalgia sociológica, nostalgia religiosa, nostalgia intelectual, nostalgia literaria.
Todo, menos el presente. Todo está permitido, menos el futuro.
Es una autodefensa peligrosa. Porque lo que está significando es cansancio, agotamiento, vejez prematura.
Desintegración de valores. Los valores no se recuperan, se conquistan (o reconquistan). Y toda conquista (toda reconquista) es de futuro.
Curiosamente tiene uno la impresión de que la moda retro tiene más cultores entre la gente joven. Fácilmente se dejan atraer y fascinar por viejos modelos, por protagonistas que la historia ha desdibujado, por cuentos de hadas, por sentimientos que ya no sirven sino como prendedores en el pecho.
Claro que a los poderes establecidos, a los movimientos integristas, esta tendencia a volver al pasado les reporta beneficios.
La nostalgia es una droga que tranquiliza al rebaño.
Que no les digan cosas nuevas, que no piensen, que se queden ahí, modositos, bien vestidos, oliendo a jabón y alcanforina. Que no luchen, que no busquen, que no griten. Que se acurruquen en la nostalgia. Todo tiempo pasado fue mejor.
¡Cuidado con el futuro! Mejor sigamos así, felices, alelados, lamentando no haber estado en Londres para ver pasar en su carroza real a un príncipe azul con su princesita de alfeñique.
Tan bellos que se veían, hace treinta años, los ojos de Lady Diana, con ese azul triste y dulce de su mirada hoy marchita. Era el color de la nostalgia.
Y la nostalgia, que conste, es una forma de tristeza.
Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4