Para empezar el año, cumplo con la obra de misericordia de advertir sobre el peligro que representa para la estética urbana la proliferación de caderas pluscuamperfectas.
Han empezado a formar parte del paisaje traseros salidos de toda lógica. Asistimos a nueva rebelión de las masas ... glúteas. Si Quevedo viviera habría escrito: "Érase una hembra a una cadera pegada" (no a una nariz).
Pocas presas femeninas tienen tan buena prensa como la cadera. Hay nalgas que sacan el pecho, la cara, los talones, la aorta, por ellas.
Pero las caderotas que decoran el "sur" de muchas féminas causan estupefacción. Fueron infladas arbitrariamente en la sala de cirugía. Preocupa que sus dueñas tengan el sentido de la armonía tan embolatado que piensen que con semejante tsunami de carne atrás, puedan alborotar la libido del "homo ciberneticus".
Lo primero que aparece en muchas de ellas es su cadera. Así vengan de frente. Cuando trastornan una esquina, las últimas que dicen coqueto adiós son las llamadas cuatro letras.
La dueña cree que con su audaz prótesis la sacó del estadio. Ni por "pienso" imagina que está haciendo el ridículo y dejando sonrisas sarcásticas a su paso.
Deseos dan de convocar una teletón para financiar el regreso de esos glúteos a sus justas proporciones iniciales.
¿Los médicos que realizan estas operaciones entienden que están atentando contra la estética y la salud de sus proveedoras de espléndidos saldos bancarios?
Los acompañantes de quienes exhiben semejantes hipérboles traseras miran para otro lado como queriendo significar: "A esta no la conozco".
¡Abajo las caderas que empiezan en cualquier parte y no terminan en ninguna! La gorda de Botero del Parque de Berrío las aventaja en sexapil.
Por inercia, si las caderas son echadas pa'trás, las puchecas deben ser echadas pa'delante. Y proceden a prolongarlas para proclamar que con tetas sí hay paraíso.
No estoy en el mercado, pero si el reverendo azar me deparara alguna escaramuza de alcoba, no me dejaría tentar por "derrières" que son un guiño a la disfunción eréctil.
Me tomo por asalto la vocería del varón domado para asegurarles que las preferimos tal como las hicieron papá y mamá. No estamos contra la coquetería y su ventrílocua, la vanidad. Es más, "autorizamos" que se apliquen toda clase de menjurjes. Los dueños de las multinacionales también pagan arriendo.
Los gustos son como las caderas: divididos. Creo haber dejado claro de qué lado del espectro me encuentro. Ahí estoy y ahí me quedo. No me sacan ni con el Ejército.
Espero que esta cruzada que lanzo para devolverle la sensatez a la humanidad, no me genere carterazos. Ojalá las aludidas no me retiren el saludo ni la mirada, como hacen los indígenas del Cauca con sus maltratadores.
Feliz año sin caderas hechizas. Lo que natura no da, que no lo intente el bisturí.
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