En Estados Unidos se empezó a hablar de una recesión masculina en 2009, pues existía una disparidad entre la tasa de desempleo, siendo la de los hombres más elevada que la de las mujeres.
Pues bien, el mismo fenómeno ha hecho su aparición ahora en Japón. Oficialmente, el desempleo en el Archipiélago Nipón es bajo en comparación con el de otros países industrializados (4,6 por ciento). Y también según las cifras oficiales, está más cargado en los hombres que en las mujeres.
Sin embargo, si las japonesas no aparecen mucho en las estadísticas de desempleo es que por lo general están subempleadas: por estar al margen del mercado de trabajo, ya sea en forma temporal o precaria, no llenan las condiciones para ser contadas entre los solicitantes de empleo.
O bien, se han retirado del mercado laboral para dedicarse a actividades no lucrativas. Enfrentado al envejecimiento de su población y a una reducción de los índices de natalidad, Japón descuida también una de sus posibilidades de recuperación económica: las mujeres.
En 2012, el FMI publicó un reporte titulado "¿Pueden las mujeres salvar a Japón?". De hecho ya lo están salvando gracias a su compromiso en las redes sociales, en las asociaciones y organizaciones no gubernamentales, que constituyen la fuerza viva de una sociedad civil, de la que ellas suelen ser la pieza maestra.
A despecho de las disposiciones de la Constitución de 1947, que establece la igualdad fundamental de las mujeres en términos de derecho, además de la Ley de 1987 sobre las oportunidades en el trabajo, se han realizado pocos progresos: tres cuartas partes de los empleados con contrato de duración determinada son mujeres, aunque tengan los mismos antecedentes universitarios que los hombres. Y cuando tienen un contrato de duración indefinida, su salario por lo regular es 25 por ciento inferior al de un hombre que desempeñe un trabajo equivalente.
El primer ministro Shinzo Abe declaró que deseaba que hubiera más mujeres en el trabajo. Para ello, él tiene la intención de remediar una carencia que las aleja del mercado laboral: la insuficiencia de guarderías y de servicios de asistencia materna. Según el primer ministro, las empresas deberían de otorgarles a sus empleadas un permiso de maternidad por tres años, con la garantía de poder reanudar su carrera.
En la actualidad, las dos terceras partes de las mujeres que tienen título universitario abandonan voluntariamente su empleo cuando nace su primer hijo. Una vez que lo han criado, ellas regresan al trabajo pero deben de aceptar un empleo menos calificado, cuando no temporal o precario.
Junto con Corea del Sur, Japón es el país desarrollado en el que la proporción de las mujeres en las funciones administrativas es la más baja (12 por ciento). En los consejos de administración de las empresas niponas solo hay 2 por ciento de mujeres (mientras que en la Unión Europea hay 17 por ciento, según un estudio del gabinete de asesoría McKinsey. En la cámara baja, 7,9 por ciento de los diputados son mujeres, lo que pone a Japón en el lugar número 163 entre 190 países en término de proporción femenina en política.
Los estudios de McKinsey y del FMI destacan la correlación entre el empleo de las mujeres y el potencial de crecimiento de un país, pero también la tasa de fecundidad: ésta es más elevada en los países donde las mujeres trabajan más. Por lo pronto, muchas japonesas renuncian a su empleo cuando tienen su primer hijo o bien, no se casan (o se casan tarde) y cuando mucho tienen un solo hijo.
El reporte del Instituto de Investigaciones Demográficas y Seguridad Social, publicado en marzo, fue alarmante: la población japonesa en 2040 será de 107 millones, es decir, una reducción de 21 millones en un cuarto de siglo (en 2010, la población fue de 128 millones).
La curva descendente se mantendría hasta 2060: para entonces habrá menos de 87 millones de japoneses. Esta despoblación, aseguran los autores del reporte, ya se percibe en el campo: pequeñas aldeas fantasmas, casas abandonadas, clausura de ferrovías secundarias, aldeas habitadas únicamente por ancianos, donde es difícil de mantener un nivel apropiado de servicios sociales.
Uno de los recursos humanos más descuidados del país: las mujeres.
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