Muchas veces pareciera que los políticos no asimilaran las derrotas y al contrario en cada acción que emprendieran partieran de cero, cometiendo los mismos errores que los llevaron a perder. Es como si se negaran a aceptar que la política, más que ninguna otra profesión es absolutamente cambiante y que cada momento en el que se va a iniciar una nueva jugada hay que estudiar la coyuntura vigente, pero aprender de los deslices del pasado también.
A tan sólo un año largo de las elecciones regionales, la clase política de Medellín está construyendo la victoria para regresar a la Alcaldía sobre la base de dos premisas: la primera es pensar que habrá una coalición uribista, es decir, un único candidato de los equipos que respaldaron a Juan Manuel Santos; y la segunda: están convencidos -y lo vienen diciendo de todas las formas posibles- que Sergio Fajardo está derrotado y que a su equipo, que lleva dos períodos gobernando, le llegó la hora final.
Ninguno de los dos supuestos está ajustado a la verdad. En el primero porque aunque luego de la victoria aplastante de Santos, los uribistas parezcan un bloque sólido, la realidad de su unión es muy diferente: nunca lo han estado. En el momento en el que más necesitaban ser un solo equipo para defender el legado de Uribe (cuando se cayó la posibilidad de la segunda reelección), los dirigentes de la coalición tomaron cada uno por su lado y terminaron enfrentados. Y si la ola verde no desbanca a Noemí del segundo lugar que tenía en marzo, esa coalición habría estallado en mil pedazos, porque los conservadores cuando le vieran opciones reales de ganar a su candidata, la habrían respaldado.
La pregunta entonces es ¿cuál de los cuatro candidatos uribistas que hay hasta ahora (Luis Pérez, Gabriel Jaime Rico, Darío Montoya y Omar Flórez) o los que vendrán, va a declinar? Será muy difícil, además porque todos tienen méritos de sobra para llega al final.
El segundo error que podría costarles caro es montar una campaña sobre la base de la derrota de Fajardo y su equipo en las elecciones de Congreso y Presidencia. Así lo están haciendo al decir que los votos que sacó Mockus son inferiores a los conseguidos por Compromiso Ciudadano en 2003 y 2007. No pueden equipararse jamás las votaciones directas hacia líderes carismáticos, con las depositadas para terceros (en marzo había una lista de desconocidos y en junio el receptor de los votos fue Mockus. Y por otro lado, aunque en 2007 el candidato era Alonso Salazar y no Fajardo, este último tenía más presencia en la campaña que el hoy alcalde).
El grupo de Fajardo no está vencido y ya demostraron que pueden actuar en equipo aunque tengan diferencias: en 2007 la línea del ex alcalde trabajó sin descanso por Salazar aunque habrían preferido otro candidato.
Aunque suene peyorativo el tratamiento de 'clase política', hay que decir que la nuestra demostró que sabe gobernar y la ciudadanía puede confiar en su buen desempeño; y a un poco más de un año de las elecciones, tienen la opción de organizarse y aprender de sus errores pasados. La solución sería estrenar en Medellín la consulta interpartidista y unirse alrededor del que gane. Ya se demostró que el denominador común de ser uribistas no une, en cambio unas reglas del juego claras, sí.
Lo otro es conocer bien a su contrincante y no subestimarlo: cuando se cree que alguien está acabado, se corre el riesgo de que el golpe recibido sea mayor.
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