De las miles de muertes violentas que han diezmado la riqueza humana del país, hay dos que hieren siempre la conciencia nacional, no por una culpabilidad colectiva, sino por el fracaso institucional que comportaron.
Fracaso, en primer lugar, por el hecho de que pudieran haberlos asesinado, y segundo, por la impunidad que las ha cubierto.
Son los magnicidios de Luis Carlos Galán Sarmiento (en 1989) y de Álvaro Gómez Hurtado (en 1995). Líderes irrepetibles, irremplazables, de una altura ética e intelectual que no se ha vuelto a ver.
En el caso del primero, la Corte Suprema de Justicia, al ratificar la condena impuesta al exministro Alberto Santofimio, corroboró que se trató de una sórdida conspiración entre políticos y mafiosos, quienes corrompiéndose mutuamente, decidieron atajar a plomo la imparable carrera del fundador del Nuevo Liberalismo. Por esta muerte aún quedan muchas responsabilidades por determinar.
En el caso del líder conservador, su hermano, el exsenador Enrique Gómez, acaba de publicar un libro de obligatoria lectura para quien quiera tener el contexto en el cual se pudo cometer tan imperdonable crimen.
En " ¿Por qué lo mataron? " se documenta con precisión el fracaso sin paliativos de la justicia en la investigación, y los obstáculos, montajes, desviaciones, falsedades y omisiones dolosas para imposibilitar que, hasta hoy mismo, se sepa quién ordenó el asesinato.
La evidencia de que en Colombia aún hay personas intocables a pesar de los graves indicios de su participación en espantosos crímenes, deja la conclusión de que consolidar nuestro Estado de Derecho es una tarea todavía por hacer. La impunidad de este crimen, que es ominosa, así lo demuestra.
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