Estamos presenciándolo en las encarnizadas discusiones de moda, como, por ejemplo, la de las uniones entre individuos de un mismo sexo: Uno de los incontables vicios nacionales es el espíritu pendenciero, camorrista, común por igual a mayorías y minorías. Parece imposible defender posiciones u oposiciones por medio de la racionalidad, como si fuera obligatorio cambiar el civilizado y reconfortante ejercicio dialéctico argumentativo por la descalificación a priori, el señalamiento, el insulto y el ultraje.
El sectarismo envilece las ideas y convierte a los seguidores de una causa en vulgares secuaces. El Diccionario define al sectario como "secuaz, fanático e intransigente, de un partido o de una idea". Las expresiones viscerales salen de las profundidades de las vísceras. Degradan la fuerza de los argumentos. Y provocan reacciones o réplicas también emocionales. Un senador insulta a sus contradictores y, claro, se gana respuestas proporcionadas a la ofensa. Un columnista ataca a todos los que no comparten sus apreciaciones y los empaca en la godarria y, por supuesto, deslegitima sus propios conceptos.
Savater ha desbaratado ciertos mitos (sugiero la lectura de Tauroética, su libro más reciente) que han venido haciendo carrera. Ha dicho que no todas las ideas son respetables. Son todas las personas, sin excepción, las que merecen respeto. Las ideas absurdas, irracionales, contrarias a la lógica, al común sentido, a los derechos fundamentales, no tienen por qué imponerse ni aceptarse en nombre de una tolerancia hipócrita y falaz. Pero, eso sí, a quienes las profesen y porfíen en ellas hay que respetarlos a toda costa, mientras demuestren que se comportan como individuos respetuosos de las reglas que facilitan la interlocución, el diálogo entre opuestos y la libertad de opinión.
Suelen citarse como ejemplos de convivencia tolerante los casos de países que, se presume, han avanzado en determinadas discusiones críticas. Pero aventajan al nuestro en que anteponen el respeto a la diferencia como condición sin la cual se invalidaría cualquier controversia. En la sociedad nuestra el respeto es una figuración exótica. Impera el irrespeto. Primero, se descalifica, se agrede, sin calcular el daño que se infiere. Después, se medio bosqueja algún argumento. Por eso cada debate en Colombia crea un estado de crispación general.
Para mí, es más importante la diferencia, que es real y patente y define la identidad, que la igualdad, una invención engañosa. Debería hablarse, mejor, de libertad, diferencia y fraternidad. Como todos nos sentimos iguales, a la hora de controvertir irrespetamos por igual. Las mayorías excluyen a las minorías y estas, a su vez, pretenden imponerles sus estándares y patrones de comportamiento a las mayorías. Por eso en este país siempre acaba perdiendo la fuerza de la razón, sometida a la razón o sinrazón de la fuerza.
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