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Niños habitan el reino de las sombras

EN EL MES de los niños, muchos de éstos no pueden celebrar: están secuestrados o desaparecidos. Una madre cuenta su drama de guerra y horror, que en Colombia es más común de lo que se cree.

  • Niños habitan el reino de las sombras | Archivo | Según País Libre, institución que, por cierto, tiene prevista una rueda de prensa para mañana en Bogotá para abordar el tema, en Colombia han sido secuestrados 21 menores en lo que va de 2011.
    Niños habitan el reino de las sombras | Archivo | Según País Libre, institución que, por cierto, tiene prevista una rueda de prensa para mañana en Bogotá para abordar el tema, en Colombia han sido secuestrados 21 menores en lo que va de 2011.
22 de octubre de 2011
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Alcides Valencia Daza tenía 12 años cuando desapareció, en 2003. Y 12 años sigue teniendo en la mente de su madre, porque los desaparecidos quedan congelados en el tiempo para siempre desde el momento en que se van a habitar el reino de la sombra.

Su mamá, Blanca Nelly Daza, evoca este hecho, que es apenas un eslabón de su larga cadena de pesares, sentada en una silla del balcón de la oficina de Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria, en el La Playa con el Pasaje La Bastilla, con un sol tenue que se sostiene sobre su humanidad.

"¿Está usted de empeño?" Es la manera como Blanca Nelly me pregunta si dispongo de tiempo para escucharla porque el relato de su tragedia es largo. Comienza en el Oriente antioqueño, pasa por el Magdalena Medio y todavía no termina en Medellín, donde vino a vivir desde hace cinco años.

Y no teme que su nombre y el de sus hijos aparezcan en la prensa. Igual, los proclama a los cuatro vientos en las marchas en las cuales los reclama y, además "yo ya sufrí en la vida todos los sustos".

Historia del miedo
Ella empezó su cadena de tristezas cuando era niña, en campos lejanos a la cabecera municipal de San Francisco. En tiempo de La Violencia, cuando se enfrentaban a muerte liberales y conservadores. Su mamá tenía que irse cada noche con ella y sus demás hermanos a amanecer bajo una peña, en una especie de cueva, porque los "pájaros" iban por los campos prendiendo fuego a cuanta casa veían con luz.

Cuando creció y se casó, vivió con José Valencia en la vereda El Porvenir. Tenían sembrados de cacao, yuca, café y plátano y fueron testigos del ingreso paulatino de actores armados a los campos. Después, pasaron de ser testigos a víctimas porque éstos los obligaron a dejar su tierra.

Cargaron sus hijos y sus cosas y se fueron para San Francisco a volver a empezar. Un hombre llamado Juan Agudelo les cedió un pedazo de monte para que lo abrieran y cultivaran.

A finales del siglo, los violentos llegaron hasta allá, como si José y Blanca se hubieran escapado del infierno y los diablos hubieran ido tras ellos.

Desaparición y muerte
A Alcides lo desaparecieron en Doradal, municipio al cual ella había dirigido sus pasos, dos años después de que le hubieran desaparecido a otros dos hijos, en el Magdalena Medio y que la guerrilla le hubiera matado en San Francisco a su esposo, José Valencia, porque éste nunca les dio la razón a los guerrilleros al suponer que sus muchachos eran paramilitares. Además, porque nunca creyó justo compartir con los armados sus mulas ni la yuca ni el cacao, "sabiendo que no habían sudado como él".

Cuando lo mataron, ella lo presintió. Un escozor helado le recorrió el cuerpo como a las cinco de la tarde -igual le pasaba cada vez que ocurría una tragedia, la desaparición de Nicolás y Pedro, los dos mayores, por ejemplo- y le dijo a su mamá: "creo que mataron a José". Y cuando cayó la noche y él sin volver a casa, "alisté dos linternas, cinco pares de pilas, dos bombillos de repuesto, dos candelas y tres paquetes de cigarrillos y me fui a buscarlo. 'Él tiene que estar tirado en alguno de estos yucales'".

Anduvo por sembrados y potreros, sin resultado. "Dieron las doce y pensé: 'será que no lo mataron nada, sino que lo tienen secuestrado' y me volví para la casa a ayudarle a mi mamá a fritar las tajadas para los almuerzos de los trabajadores, que al día siguiente tenían cogida de café" y estaba dispuesta irse con ellos "a patroniar porque hay que trabajar". Pero al amanecer recibió la noticia: el cuerpo de José apareció tirado en el camino para Aguadas, en el único maldito paraje que ella no revisó por la noche.

Fue entonces cuando decidió ir a buscar a esos dos hijos desaparecidos en Doradal. Antes de salir, le hicieron saber que la amenaza de muerte pesaba sobre ella y no podía irse del pueblo así como así. "Yo ando hasta que me maten", les contestó.

En Doradal laboró en una fábrica de arepas. Trabajaba como una esclava. No dormía. Buscaba a sus hijos perdidos. "Por allí los vieron... No, tal vez fue por allá", le decían. Pero nunca los halló.

Al cabo de los meses parecía una muerta viva: "me dormía parada". Al año de estar en ese pueblo a orillas del Magdalena, le dijo a Alcides: "ya se cumplió el cacho de año de la muerte de su papá. Tenemos que volver a San Pacho a rezar". Pero él no quiso acompañarla por miedo a que lo mataran también. Prefirió quedarse allí, trabajando y esperándola.

Viajó en camión para ahorrar dinero y porque, "como le dije, a mí ya se me quitaron los sustos. Cojo un camión en plena autopista Medellín Bogotá a cualquier hora del día o de la noche". En El Playón, una nuera la encontró providencialmente y se apresuró a decirle que no fuera a San Francisco por nada del mundo, porque la guerrilla la estaba esperando para matarla. "De todos modos, voy; si me matan no importa; que me entierren y punto".

Llegó en la tarde a ese pueblo de Oriente y desde que se bajó del automotor, un hombre se acercó a decirle: "mañana saldremos para El Aguacate".

Al día siguiente "fui a la tienda de Carlos Julio, le pedí una botella de aguardiente y la eché en un frasco transparente para que pareciera agua. Subí a una camioneta con dos muchachas que no conocía. En las paradas tomaba cerveza. Me iba envalentonando. Pasaron horas hasta que se acabó la carretera en San Isidro. En ese sitio me puse ropa nueva porque no sabía si me iban a secuestrar pa toda la vida y necesitaba que durara".

Cuando llegaron, la presentaron ante el comandante y, por todo saludo, Blanca Nelly dijo conteniendo su rabia: "y el almuerzo qué es". Él le preguntó si no tenía miedo. Ella costestó que era mejor que la mataran allí para quedar en el mismo cementerio en que quedó su esposo.

"¡Templada como Valencia!" Respondió el líder guerrillero. Éste le indagó punto por punto lo que había hecho desde su salida de San Francisco, hacía un año, y ella todo lo respondió con la verdad. Él confirmó que todo lo sabía y era cierto. Ella añadió que ella y José siempre han dicho la verdad, sin miedo, y por eso su esposo nunca aceptó que sus hijos fueran paramilitares, porque no lo eran. "Si mis hijos hubieran sido paracos, pues les decíamos".

El cabecilla insurgente le dio la orden de "desocupar el pueblo" a las seis de la mañana siguiente, pero ella le dijo que no se iría sin rezar por su esposo ni sacarle los restos y para eso necesitaría más tiempo.

En San Francisco, ella se enteró de que ese ritual de los restos se haría tres años más tarde y decidió quedarse a esperar. Después, "saqué los restos y me vine".

Sigue esperando
Nunca más supo de Alcides. Nadie en el Magdalena Medio le da razón de él.

"¿Que si todavía espero a los tres muchachos? -me pregunta, mientras abre una sombrilla, cansada de soportar el Sol sobre su humanidad-. Claro que los espero, porque nunca me han dicho: 'ellos están muertos y aquí estás sus cadáveres o éstas son sus tumbas'; nunca".

Y estas palabras coinciden con las de Teresita Gaviria, la directora de Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria y las de todas las mujeres que llenan esa oficina con sus historias tristes.

"Nadie busca al hijo por uno -agrega Teresita-. Es la mamá la que busca a sus hijos". Explica: por comentarios de la gente, se dan cuenta dónde pueden haber cuerpos sepultados y son ellas quienes van a la Fiscalía a dar las indicaciones a los técnicos judiciales. "Hace tres meses que no se mueven a destapar posibles fosas comunes, por más que les hemos dicho de algunas", agrega la directora de la institución.

Por eso es que Blanca Nelly nunca cesa de indagar por el paradero de los suyos. Hace unos meses, le dijeron que los dos mayores podrían estar enterrados en una fosa común, entre el Oriente y el Magdalena Medio, pero nada concreto.

Ella, como todas las Madres de la Candelaria, está feliz de que Nhora Valentina Muñoz, la hija del alcalde de Fortul, Arauca, esté de nuevo en casa, luego de 18 días de cautiverio; celebra que el mismo Papa Benedicto XVI hubiera rezado por su liberación; el Gobierno Nacional hubiera ofrecido una recompensa de 150 millones de pesos por informaciones condujeran a encontrarla; la Conferencia Episcopal Colombiana y la Cruz Roja Internacional se hubieran ofrecido como mediadores para convencer a los plagiarios de que la devolvieran, y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, por boca de su directora, Elvira Forero Hernández, hubiera expresado su rechazo por esa acción violenta, pero creen que igual debería suceder con todos los secuestrados y desaparecidos del país, "porque todas las familias víctimas de estos crímenes sentimos un dolor semejante al que sintió la de la chica de Fortul". Teresita Gaviria interviene para decir que entre las Madres de la Candelaria ya suman más de 1.200 hijos desaparecidos o secuestrados.

Lo cierto es que a Blanca Nelly parece que la persiguiera la guerra. Vive encumbrada en un barrio de Medellín donde los disparos perturban sus noches. Y hace unos días, miembros de una banda criminal amenazaron a uno de sus nietos porque estaba muy peludo y a ella, porque vio a otros consumiendo droga, pero, como le venía diciendo, "yo ya no soy dada a sustos".

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