Desde Betty, la fea , no lloraba viendo el final de una telenovela. Buscaba infructuosamente una historia que me enterneciera hasta sacarme lágrimas de sangre. Ni los familiares de Marbel maltratándola, ni las dificultades del pobre Joe decidiendo a cuál mujer le pondría los cachos, conmovieron mi férreo corazón.
Dándole vueltas al control remoto, de repente, comenzó una espectacular telenovela de más de 900 capítulos, que tenía los ingredientes para cautivarme: poder, traición, odio y amor: Érase una vez, un reino de un Viejo Presidente y una Corte, que no disimulaban la bronca que se tenían.
Era tan grande su odio, que la Corte, ranchada, nunca eligió un fiscal de los que proponía el Viejo Presidente.
El Viejo Presidente tenía un peón pésimo para el casting al que convirtió en el Nuevo Presidente.
Una vez empoderado, el Nuevo Presidente, personificando a Judas, se convirtió en el mejor amigo de los enemigos del Viejo Presidente.
Sacándole la piedra al Viejo Presidente, la Corte, ahora camarada del Nuevo Presidente, rápidamente eligió como Fiscal a una hermosa pensionada que podía trabajar.
Con excepción del Nuevo Presidente, ahora todos los demás peones del Viejo Presidente eran investigados y acusados por la Fiscal.
Como buena telenovela, luego de 200 capítulos, le apareció un "amorcito" a la Fiscal, a quien nadie agregaba en el Facebook.
El Nuevo Presidente, astuto, dio a entender que si hubiera sabido de este amorcito, no la habría propuesto.
Suplantando los entes de control, un aprendiz denunció que la Corte violó las reglas para elegir la Fiscal y ella cayó.
Al derrumbarse la Fiscal, El Nuevo Presidente poseído por el pesar e ignorando el amorcito de la Fiscal, lamentó su caída y quiso proponerla nuevamente.
En el último capítulo de la telenovela, al lado de su amorcito, la Fiscal renunció y se fajó un enternecedor discurso, que creí, porque al escucharlo, ríos de lágrimas rodaron por mis tiernas mejillas: Creí que la Fiscal derrotó el mito de que la Justicia era para los de ruana.
Creí que bajo su gestión no hubo intocables. Creí que su igualdad de género, los computadores y el nuevo edificio, eran tremendo logro.
Como Dios estaba en cada párrafo del discurso, el Procurador lo pidió para usarlo el día de su reelección.
Al renunciar, la Fiscal me pareció tan preciosa, que sentí celos de su amorcito y odié a los periodistas que la atacaron. Jamás olvidaré el espectacular y conmovedor final de esta telenovela.
En la ya anunciada segunda parte de la telenovela, la Corte, para enmendar su error, adicional a lo penal, debería elegir un fiscal menos sensacional pero con experiencia gerencial en grandes compañías, que pueda reformar las estructuras de la institución, para mejorar los niveles de impunidad, cercanos al 100%.
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