Tienes un amigo entrañable. Lo conoces hace años, fue un gran compañero en el colegio, te entiende y te escucha. Un día deciden que pueden compartir un apartamento para ganar independencia y ahorrar costos mensuales.
En ese momento es que se pone a prueba la templanza y el verdadero afecto, pues empiezan a vivir juntos y, con los meses, la convivencia se torna inmanejable. Las tensiones aparecen y resulta que ya no lo conoces tan bien ni te parece tan sensacional.
Una historia repetida con características particulares a cada quien pero con el mismo resultado. Pelos en el jabón, regueros de comida, arrume de platos en el lavadero, ropa sucia de semanas, rumba día de por medio, son algunos de los pecados imperdonables.
Producir malos olores en la casa
No cambiar las sábanas, no lavar la toalla o mantener una relación distante con los implementos de aseo personal son cosas de alguien que prefiere la vida de ermitaño. Un domingo sin bañarse se le perdona a cualquiera, pero si la cosa se vuelve costumbre deja de ser aceptable. El aseo personal es condición innegociable de la buena convivencia.
Tener criadero de cucarachas y hormigas
Este es otro de los pecados que tiene que ver con el aseo. Y es que nadie está contento en una casa sucia, mucho menos, en un baño que no tiene una mano amiga. Acá ocurre que la responsabilidad es solo para unos mientras que otros se limitan a dejar que el mugre haga nido en los rincones. No lavar los platos, no barrer o trapear, no tender las camas son fallas imperdonables.
Convertirse en invisible, mudo e indolente
El otro extremo tampoco es sano. Aquel que no tiene ni los buenos días para ofrecer también debería irse a vivir solo. Algunas de las actitudes malucas de este personaje serían encerrarse por días en el cuarto, no avisar de ausencias prolongadas, no determinar a quienes están en la casa, informar que se va a vivir a otra parte cuando ya tiene la maleta hecha.
Echarle el cuento a todo el mundo
La simpatía y las buenas costumbres son importantes, pero de ahí a querer convertirse en el mejor amigo de todos tus invitados hay un buen trecho.
Señor compañero de casa, no tienes que ser el anfitrión de los invitados ajenos, no tienes que hacerte íntimo de mi pareja y, ni mucho menos, tienes que llamar a mi mamá a contarle de mis cosas.
Asumir que puede disponer de lo ajeno
Si en la adolescencia era indignante que un hermano se pusiera tu camiseta favorita, encontrar en la ropa sucia una prenda tuya que no has usado puede ser más o menos el fin del mundo. Y sucede. Esto aplica para el mercado cuando se compra de manera individual. Que el compañero de casa acabe con la leche, los huevos o la carne debería dar, por lo menos, sanción.
Armar una rumba cada media hora
El borrachín impenitente es otro pecado en la lista de compañeros indeseables. Tener en casa al tipo que no concibe un minuto en silencio o no tolera la noche sin destapar media es súper agobiante, sobre todo porque muchas de esas jornadas terminan con huéspedes tirados en el suelo o, lo que es peor, en tu cama.
Incumplir con las cuotas y los pagos
No solo es grave que se incumpla el pago de el arriendo. El hecho de que cualquier día no haya luz, teléfono o internet por culpa del mala paga de tu compañero de casa puede ocasionar un mal genio infinito para el resto de los habitantes. Las cuentas compartidas son un compromiso ineludible cuando se habita el mismo techo.