Hace unos años fue un video casero de una actriz de telenovelas. Por obra y gracia de los empresarios sin alma del negocio de la pornografía, miles de copias de esas imágenes de dos cuerpos desnudos y enamorados -obtenidas por medio del abuso y el engaño- fueron vendidas en Internet. Después han sido incontables episodios de nuestra guerra: muertes en combate, exhibición de cadáveres, rescates de heridos y secuestrados, hallazgos de fosas comunes y cuerpos humanos mutilados. Este año han sido preguntas en vivo y en directo, con las cámaras y los micrófonos encendidos, a víctimas que acaban de ser rescatadas después de largos años de secuestro, sin el menor respeto por su intimidad, sus emociones, ni su sufrimiento.
La más abusiva de ellas la hizo al aire un veterano periodista, ante millones de televidentes, en su programa "Larry King Live", de la cadena norteamericana CNN : "Durante su cautiverio, ¿sufrió usted abuso sexual?". Íngrid Betancourt, la entrevistada, calló un instante. Luego dijo con la dignidad que no tuvo el periodista, usando un inglés de Boston: "No respondo esa pregunta". Después de su rescate, no era la primera vez que la interrogaban de ese modo. Días antes, en una rueda de prensa, otro periodista despiadado había tenido la misma idea genial de King. La respuesta de ella, entonces, fue más conmovedora: "Hay cosas que es mejor dejar en la selva".
Esta semana se repitieron historias como esa: una revista publicó una entrevista con un hijo adoptivo de la cantante Marbelle; en ella, el muchacho revela episodios de una historia ocurrida entre los dos, mientras su padre estaba preso, que -pienso- sólo tienen que ver con la intimidad de ellos. Días después, luego de la muerte del cantante Óscar Golden, su esposa fue entrevistada por teléfono por una periodista de radio que, según el escritor Óscar Collazos, la interrogó sin compasión hasta obtener lo que buscaba: que los sollozos que se escapaban de su pecho fueran escuchados al aire por millones de oyentes, tal vez sin que ella se enterara. "Esos sollozos, ese llanto, esa emoción arrebatada a la intimidad del dolor, parecían hacer parte del extraño código de ética que manda atrapar en caliente el sufrimiento antes de que otra noticia lo enfríe", dice Collazos en un artículo publicado en El Tiempo . Estoy de acuerdo con él: "La costumbre manda atrapar el instante en que todavía corre la sangre, pues la sangre coagulada no es noticia; dirigir el objetivo a la mueca de sufrimiento de la víctima; registrar los minutos de confusión y proyectarlos antes de que pierdan la vigencia del instante".
Veo poca televisión, pero cuando lo hago, yo también veo con tristeza las cámaras apuntadas al rostro de gente que acaba de recoger el cadáver de su hijo, de su hermano, de su padre; los micrófonos metidos en la boca de soldados heridos de muerte. He sido testigo de la feroz cacería del gesto de miedo o de dolor arrebatado a una víctima: he escuchado sus frases incoherentes, logradas cuando todavía se halla en estado de shock. No comprendo cómo se hacen esta clase de cosas con la excusa de que "el público" lo pide. Creo que son "baratijas disfrazadas de información", como las llama Collazos. En nada se diferencian de las historias de alcantarilla que fabricaba William Randolph Hearst, el padre del "periodismo amarillo", para saciar el apetito morboso de los lectores de sus diarios y agregar ceros a la derecha a las cifras de sus cajas registradoras.
Suscribo cada uno de los pensamientos de Javier Darío Restrepo sobre estos desafueros, publicados en su columna de El Colombiano: los periodistas no podemos convertirnos en predadores de la intimidad. La intimidad es el espacio en donde nace o se frustra la libertad humana. Una sociedad que no preserva ese espacio pone en peligro la libertad de todos. De antemano pido perdón a mis compañeros de oficio si estoy equivocado. Digo estas cosas, con amor y con vergüenza, desde el oficio más bello del mundo.
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