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¡Polvorita!

  • Ana Cristina Restrepo Jiménez | Ana Cristina Restrepo Jiménez
    Ana Cristina Restrepo Jiménez | Ana Cristina Restrepo Jiménez
07 de diciembre de 2010
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En una reunión casual de viejos condiscípulos que no nos veíamos desde hacía años, se armó un corrillo. Había tanto por decir ante la insistente pregunta "¿Qué ha sido de vos?", que no tardaron en aflorar las bromas: "Soy narcotraficante, tengo a la DEA respirándome en la nuca", dijo uno; "hago ronda de estríper en monasterios", señaló otra?

Y entonces llegó el que solía ser la "papeleta", quien, desconociendo el juego de palabras, interpeló: "Yo traigo pólvora de China". Todos soltamos la carcajada: "¡Un chiste inédito!".

Acto seguido, explicó cómo la negociaba con funcionarios públicos y cómo la distribuía en algunos municipios. Poco a poco a todos se nos desdibujó la sonrisa. El tipo estaba hablando en serio.

Lo que tiene la pólvora de elemento "recreativo" lo reproduce el uso lingüístico, que adopta sus presentaciones comerciales a modo de figuras: cuando decimos que fulano es "una papeleta", "un tote", o "una polvorita", aludimos a su comportamiento explosivo o indebido. (No he visto al primero que le diga "polvorita" a una mujer para admirar su belleza, ni quien merezca el apelativo de "tote" por su mansedumbre). La connotación suele ser negativa.

La lengua, injusta, le ha desconocido a la pólvora un beneficio innegable: encubre. Su estruendo disimula otros ruidos más molestos; por ejemplo, se sabe de ciudades en las cuales encienden el cielo de pólvora -despilfarrando millones- para solapar sus deficiencias administrativas y acallar las necesidades de sus habitantes.

¡Por supuesto que quiero pólvora en esta navidad! Buscaniguas en los bolsillos de los corruptos; totes que alerten en los aeropuertos cada vez que un exfuncionario investigado por la justicia esté a punto de abordar un avión para fugarse del país; chispitas (aunque sean pocas) que iluminen a los servidores públicos al momento de elegir en qué invertir el presupuesto? y un volcán que me aturda cada vez que un expresidente salga a pontificar.

No gasto más pólvora en gallinazos; quien lee estas líneas sabe desde el título a qué me refiero: la pólvora puede matar por incineración, por intoxicación y, sobre todo, por mala manipulación -léase ignorancia-, pues su composición química resulta impredecible para quien desconoce el comportamiento del explosivo ante factores como el almacenamiento, la temperatura, el transporte, etcétera.

La ética ciudadana no puede acomodarse al ritmo de los hábitos sociales. Sus principios no son como el lenguaje, que se transforma con el uso que le damos. El hecho de que la pólvora sea utilizada por muchas personas, que sus vecinos se resignen a aceptarlo, y las autoridades insistan en ignorarlo, no significa que su uso sea aceptable.

La pólvora no debe ser prohibida pero sí manipulada por expertos? como el bisturí del cirujano, el timón del avión por el piloto, o la cuerda floja de los equilibristas en el circo.

Sin más que añadir, quien trafica, vende y usa pólvora (o encubre a los anteriores), y, peor aún, el que se la entrega a un niño, en lugar de irresponsable entra en una definición más exacta: la de bruto.

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