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PROHIBIDO OLVIDAR

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05 de mayo de 2012
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Guardo como un tesoro una lección que aprendí en junio de 2009, mientras entrevistaba a Oswaldo Torres , sobreviviente de la masacre de El Salado.

Ahora, mientras escribo este texto, consulto una de mis viejas libretas de apuntes y abro en la pantalla del computador mi archivo digital de audio. Oigo el pasaje en el que Torres me cuenta cómo fue el regreso de los habitantes al pueblo, dos años después de la matanza de sesenta y seis paisanos.

Torres, un campesino de dientes corroídos por su eterno cigarro, cuenta que de los seis mil habitantes que tenía El Salado en febrero de 2000, cuando fue perpetrada la masacre, solo ciento veinte fueron capaces de retornar a finales de 2002: cien hombres y veinte mujeres. Ver el pueblo hundido en una selva -agrega- les provocó el llanto a casi todos. Tuvieron que ponerse hombro a hombro, sin distinciones de sexo o edad, a desbravar la maleza,

Me impresiona la frase que viene a continuación:

-¡Ahí todo el mundo era macho, compa, así fuera hombre o fuera mujer!

A excepción de este pasaje en el que se siente afectada, la voz de Torres se mantiene firme a lo largo de la entrevista. Siempre he creído que a quienes hacemos crónicas nos toca, con frecuencia, mencionar la soga en la casa del ahorcado, pero en esta grabación el personaje suelta extensos monólogos. Casi no hay necesidad de hacerle preguntas.

Habla de la niña de seis años que, cuando los paramilitares ingresaron al pueblo, se refugió en la casa de la señora Pura Chamorro , donde no había agua. La niña tenía sed pero el pánico no la dejaba salir de su escondite. Lo único que hacía era chupar un trozo de cactus que le había conseguido su protectora. La niña murió, finalmente. En el momento en que yo fui a El Salado la tragedia ya había hecho el tránsito del horror al mito. Entonces algunos decían que murió deshidratada y otros que el corazón se le paralizó por el terror.

En la grabación Oswaldo Torres habla de eso, digo, y también de una mujer que todavía a mediados de 2009 se encontraba traumatizada por la barbarie. "Algunas noches", cuenta Torres, "se escapa desnuda de su casa y se va para el parquecito del pueblo a hablar sola".

Yo portaba en aquel viaje una guía pedagógica del Dart Center encaminada a enseñarnos a nosotros, los periodistas, ciertos protocolos para relacionarnos con víctimas. Una de las recomendaciones era no preguntar mucho, es decir, no echar sal en las heridas. Pero Torres era una catarata de palabras. Hablaba de la cancha de fútbol donde los paramilitares cometieron la masacre y de cómo los cerdos callejeros empezaron a disputarse los cadáveres.

Sentí -y así lo dejé consignado en mi libreta de notas- la necesidad de preguntarle por qué me contaba todo eso. Entonces me dio aquella respuesta inolvidable, aquella lección:

-Para que todo el país lo recuerde, porque olvidar es hacerles un favor a quienes mataron a nuestra gente.

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