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SOBRE SE VEÍA VENIR

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07 de diciembre de 2012
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Estación Caos, propia de ciudades en desorden, de zonas mutantes o de sitios que eran y ya no son y por tanto, como en la novela de Luis Fayad, los puntos cardinales se han caído.

Y es que el caos (palabra griega que los judíos de la Biblia no conocieron y por eso usaban el concepto de remolino en el cielo) aparece desde antes de que se dé, viéndolo venir. O sea que no se da por azar ni generación espontánea y menos por castigo de D’s.

Aparece en lo que se ve venir (término muy en boga) y no se para a tiempo.

En los previos anunciados que no se oyen, en la creencia de ayudas súbitas que no llegan porque los superhéroes no existen (así se los convoque con mantrams hindúes o tibetanos), en fin, si el río suena piedras trae, desde el desayuno se sabe qué será el almuerzo, árbol que nace torcido nunca su camino endereza, dicen los refranes, pero no para colgarlos en una pared sino para practicarlos, que a punta de refranes Don Quijot e enseñó a Sancho sobre el buen gobierno.

Esto de que se ve venir y no se hace nada por evitarlo, es la marca del tercer mundo, que se parece tanto a la de la bestia apocalíptica.

En este país de calores y lluvias, paisajes y minas, vimos venir los malos manejos financieros, las bacrim, el fallo de La Haya, los negocios de las clases emergentes, etc. y viendo lo que pasaría (tendencias, prospectivas) esperamos a que los hechos pasaran, crecieran y nos desbordaran.

Es como si la inteligencia nos fallara en esto de la previsión, como si fuéramos masoquistas y amáramos el dolor por encima de todas las cosas, como si prefiriéramos el infierno a cualquier forma ordenada de vida.

En términos de Max Planck, haríamos parte de la ley de incertidumbre, pero no en relación de cuantos (paquetes de energía) sino de cuántos (órdenes crecientes de caos). Y…

Y el asunto de ver venir y no hacer nada, según el Derecho Penal, es sujeto de culpa.

De culpa inconsciente, en la que incurre quien no previó el resultado que le era previsible. O de culpa consciente, en la que incurre quien, habiendo previsto el posible resultado, no adoptó las medidas necesarias, según la prudencia, para evitarlo.

Pero el sentido de culpa también está en caos y cada tanto se ve venir un alud de culpables que no admiten la culpa (cinismo) o que la desconocen porque la evaden a punta de cursos de negación de la realidad, en los que los gurúes abundan.

Y con estos malabaristas, la mentira crece y se multiplica y no se ve venir sino que habita entre nosotros como un espíritu maligno que se reproduce en sí mismo o procrea con otros males o es proteína pura como los priones de las vacas locas.

Acotación: la decencia se ha perdido. Y en la indecencia todo es posible, desde el pandemónium de John Milton (basta ver los efectos de la movilidad) hasta los ciegos de ceguera blanca de Saramago, que van por todas partes sin ver, a la espera de un milagro.

Pero D’s no le hace milagros a quien no los ve venir. Amén.

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