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HISTÓRICO
Su calavera estuvo en otra parte
  • Su calavera estuvo en otra parte | Archivo | "¿Sería bueno dejar mi cadáver a los estudiantes de medicina? Son muchachos juguetones que tienen la inteligencia cruda". En Don Mirócletes.
    Su calavera estuvo en otra parte | Archivo | "¿Sería bueno dejar mi cadáver a los estudiantes de medicina? Son muchachos juguetones que tienen la inteligencia cruda". En Don Mirócletes.
John Saldarriaga | Publicado el 26 de noviembre de 2011

Un integrante de la Barra de los 500, el abogado Leonel Díaz Palacio, revela: "yo no participé en el robo de la cabeza de Fernando González fue de milagro".

En su oficina de lector -más que de abogado-, situada a una cuadra del parque de Envigado, se refiere a un acontecimiento extraordinario: el robo de la cabeza del filósofo Fernando González, la noche del sábado 13 de enero de 1973, del cementerio envigadeño. Hecho que no generó tanto escándalo como uno habría de suponer.

"Yo era juez en Valdivia. Venía a Envigado los fines de semana. Llegaba directamente a Ancón 71, primer bar de rock de este municipio".

El rock y las ideas de libertad soplaban en el mundo y llegaban al pueblo de las vigas. Atraían a Los 500, un montón de muchachos sin distingos de raza, sexo, credo, clase social, profesión, oficio. Había abogados, odontólogos, carpinteros, marqueteros; de todo.

"Después de las 12 de la noche llegó uno de mis amigos inseparables: Adalberto Castro. El otro era Juan Emiliano, pero éste no llegó con Adalberto, quien me mostró unas muelas y me dijo: nos acabamos de robar la cabeza de Fernando González; éstas son sus muelas. Me contó que, como era abogado, había asustado a Juan Emiliano con la idea de que al otro día iba a llegar la policía por él a la casa y lo iban a meter a la cárcel. Madrugué a hablar con Juan Emiliano. A tranquilizarlo. A decirle que no lo iban a meter a la cárcel por eso".

Ese acto no fue premeditado. Fue producto de una fiesta etilico-poética-alucinógena, una combinación de alcohol y hongos que los protagonistas vivieron en una manga conocida como El Pinal, en la parte alta del barrio La Paz. Roberto Restrepo Arango, Juan Emiliano González, Adalberto Castro y Rodrigo Hurtado. Han mencionado a otros: a hermanos de Roberto, a Albeiro, hermano de Leonel, pero solamente de éstos hay certeza.

Vasija de barro
La idea fue de Juan Emiliano, sobrino del filósofo. Pero él quería sacar la cabeza de su papá. Saltaron la tapia del cementerio -como lo imaginó Gonzalo Arango en su artículo Asalto a la inmortalidad, publicado en El Tiempo el 21 ó 28 de enero de ese mismo año, pues a él y a los Nadaístas les achacaron la autoría de esta calaverada-, sin mucha dificultad a pesar de su estado y llegaron a la tumba señalada. Era media noche.

Ubicaron la bóveda, pero solamente cuando iban a romperla con piedras fue que Juan Emiliano cambió de parecer: "más bien saquemos la de mi tío, que es más importante", parece que dijo. Estaba cerca, en mitad de la galería. Sencilla, sin losa, con el nombre del maestro y las dos fechas fundamentales de la vida de un hombre marcadas sobre la lechada. Fernando González. 1895-1964. Nada más.

Extrajeron "la caja más sencilla de la mortuoria", como lo expresa Javier Henao Hidrón en Fernando González Filósofo de la Autenticidad (Medellín, Ed. Marín Vieco, 2000), y hallaron los huesos jamás removidos en nueve años. Sacaron la calavera y dos huesos largos, entre éstos un fémur, en homenaje al Viaje a pie, según dijeron entonces o después.

"Al día siguiente -interviene el padre Daniel Restrepo González, sobrino de Fernando- yo fui a sacar oficialmente los restos del maestro, en compañía de su nieto Lucas González Flórez. Estaban momificados. Los llevamos a un osario de la entrada de la iglesia de Santa Gertrudis. Sacamos los despojos del padre Jenaro Rave para guardar ahí los de Fernando. La gente comentó: "hasta muerto incomodó a los curas".

El sacerdote no califica el hecho de sacrílego, por tratarse de "muchachos bajo efectos de alcohol y otras sustancias y no haber sido motivado por sentimientos morbosos, sino de admiración".

En EL COLOMBIANO, la noticia apareció tres días después, con el título Fernando ni se inmutaría: "Las autoridades (...) no han podido establecer ninguna pista, ni tienen datos que permitan un hallazgo o una aclaración rápida". Y el alcalde del momento, Jorge Mesa Ramírez, citado en la misma nota, dice: "no se le puede atribuir a nada distinto que a un deseo sensacionalista (...). Tal vez pudo ser un hippie de esos que recorren los cementerios (...). Yo creo (...) que pudo haber sido un "filósofo medio loco" que quiso causar sensación".

Desde entonces, esa cabeza no quedó quieta. Según el padre Restrepo González, en su libro San Fernando González Doctor de la Iglesia (Medellín, Ed. Lealon, 2008), el itinerario fue: "1) el apartamento de Juan Emiliano González en el barrio Mesa; 2) un predio rural en El Esmeraldal; 3) una casa de familia ubicada en el lugar que hoy ocupa el edificio Mi Morada; 4) un taller de mecánica en el barrio Mesa; 5) una residencia en Tresranchos; 7) los cenizarios de la Iglesia Parroquial de san Marcos".

En El Esmeraldal estuvieron los restos casi todo el tiempo. Es la casa de Alberto, hermano de Juan Emiliano y esposo de la artista Marta Lucía Villafañe.

"Cuando llegué a esta casa -cuenta ella- vi dos huesos largos que se salían de una olla de barro precolombina encaramada en un escaparate: el fémur y otro que debía ser un antebrazo; al lado de la olla, una calavera".

Leonel Díaz recuerda que Alberto los cambió con Juan Emiliano por una cama de cobre. "Pero no fue un trueque mercantilista, sino un intercambio de afectos": Juan apreciaba esa cama por haber sido de su mamá y el otro, esos huesos por ser de su tío.

Un día, el 7 de junio de 1979, el mismo en que falleció Margarita Restrepo, la viuda de Fernando González, el padre Daniel le sugirió a Javier, otro sobrino del maestro, que subiera a "la montaña", El Esmeraldal, reclamara esos restos y "solucionaran de una vez ese asunto de la calavera". Así lo hizo. Sin pensarlo, Alberto le dio los huesos. Javier los entregó a Fernando, el hijo del escritor y éste, en compañía del padre Daniel, los llevó a la cripta de San Marcos para juntarlos con los demás restos del autor de El Remordimiento.

Quien quedó con remordimiento es Marta Lucía, aunque jamás lo había confesado. Por no haber disuadido a Alberto de entregar esos huesos: "hoy estuvieran en un museo", dice ella.