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TLC, por fin

  • TLC, por fin | Rafael Nieto Loaiza
    TLC, por fin | Rafael Nieto Loaiza
22 de octubre de 2011
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Lo de hoy es el TLC con EE.UU. Podrían ser la sustantiva entrevista sobre los procesos de paz que dio hace pocos días Francisco Galán, excomandante del Eln, o el entierro de la propuesta para la prohibición absoluta del aborto, pero serán para otro día.

El TLC es una necesidad. La discusión sobre su conveniencia era inútil cuando los vecinos, los países centroamericanos, República Dominicana, Chile y Perú, con ofertas exportadoras y productivas similares a la nuestra, ya tenían su tratado vigente y andando, y cuando se había probado que las preferencias del ATPDEA estaban sujetas al humor cambiante de los norteamericanos. Sin TLC íbamos en franca desventaja. La discusión ha probado que a la hora de la verdad la alianza política y de seguridad con Estados Unidos no se traducía en un trato comercial similar.

Durante un lustro, el tratado quedó sujeto a los vaivenes de las luchas internas entre demócratas prosindicalistas y los proclives al libre comercio, al juego político entre republicanos y demócratas, y a la confrontación entre la Casa Blanca y el Congreso. Nos salvó que los republicanos tomaron el control de la Cámara de Representantes y que el frenazo de la economía norteamericana, con elecciones a la vista, asusta tanto a Obama que lo hizo apostar por el crecimiento que puede significarle el acceso a los mercados de Corea, Colombia y Panamá.

En cualquier caso, hay que sumarle el punto a Santos, a Sergio Díaz Granados y al embajador Silva. Al final, la apuesta les salió. Habrá acceso a 300 millones del mercado gringo y a un per cápita ocho veces mayor que el nuestro. EE.UU. es, de lejos, el mayor mercado del mundo y a diferencia de Europa o China, está a pocas horas de acá.

El TLC, sin embargo, no será la panacea. Primero, porque llegamos tarde, la economía mundial no es la de hace cinco años y los vecinos nos llevan ventaja. Después, porque acá habrá afectados. No todos ganan, aunque aun frente a los que pierden es posible alegar que los consumidores no tienen por qué seguir pagando precios más altos por los productos nacionales protegidos y subsidiar de esa manera a los productores ineficientes. Finalmente, porque el tiempo para prepararnos se desperdició: el sector agropecuario sigue siendo muy débil, la seguridad jurídica y el sistema de administración de justicia son una pesadilla, y la infraestructura para competir está lejos de construirse.

Con todo, el tratado proporciona enormes oportunidades. La inversión se diversificará más allá del petróleo y la minería. Para eso, sin embargo, será indispensable definir reglas de juego estables.

La amenaza de una reforma tributaria de resultados inciertos va a aplazar decisiones. Entre más pronto se aborde, mucho mejor. Y la modernización de la infraestructura no admite más demora. Sin nuevos puertos, sin autopistas de doble vía y sin ferrocarriles no iremos a ningún lado, con o sin TLC. Finalmente, el esfuerzo por mejorar la calidad de la educación debería ser el foco de atención. Un monumental congreso sobre el tema se inicia mañana en Cartagena. Debería ser el paso decisivo para conseguir la educación en competencias que es indispensable para construir el futuro. Esa es una apuesta aún más importante que la del libre comercio y sin la cual las oportunidades que éste ofrece se nos escaparán.

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