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Tomás, el incrédulo

  • P. Hernando Uribe C, Ocd | P. Hernando Uribe C, Ocd
    P. Hernando Uribe C, Ocd | P. Hernando Uribe C, Ocd
21 de abril de 2010
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A Tomás lo salvó la espontaneidad. Entre su mente y su corazón había comunicación directa, fruto de un ejercicio continuado que lo sorprendía al amanecer después de luchar toda la noche, como Jacob con el desconocido del vado de Yabboq. Era Dios.

Tomás se sentía feliz de crecer en eso, en la espontaneidad.

Con todo, nunca había logrado vivirla plenamente. Pero ella, la espontaneidad, lo salvaría. De sí mismo, de sus dudas, de su incapacidad de estar en todas partes al mismo tiempo. Sobre todo si se trataba de Él, del amigo que perturbaba una y otra vez las pulsaciones del alma.

Las dudas lo atormentaron hasta que la evidencia lo subyugó. Obediente y confuso y mancillado, dijo con espontaneidad: "Señor mío y Dios mío" (Jn. 20, 28). Desde entonces su acatamiento se volvió oración. Sublime.

A quien quiera aprender a orar le basta con repetir la oración de Tomás en voz alta, en voz baja, en silencio, sin descanso, sin palabras, meros latidos del corazón. Lo llevará tan lejos, que al fin sabrá, por invasión, qué es él, el Infinito.

Tomás recorre las calles de las ciudades del siglo XXI con un desasosiego de vértigo, sin tiempo para sí mismo, preguntándose quién es, de dónde viene y adónde va. Hasta la fe le resulta una mercancía que no sabe cómo ni dónde comprar.

Como si escuchara por todas partes este cantar místico: "Y todos cuantos vagan / de ti me van mil gracias refiriendo / y todos más me llagan / y déjame muriendo / un no sé qué que quedan balbuciendo".

La musicalidad de estos versos se le vuelve aterradoramente fascinante. ¿Dios es un cantar? ¿Qué labios hacen falta para entonarlo y qué oídos para escucharlo? ¿Ese cantar?

Tomás sabe que '¡Señor mío y Dios mío!' va en los labios de todo caminante como un ritornelo, como una pesadilla, como un aire insoportable que no puede dejar de escuchar por ensordecedora que sea la ciudad.

Tomás va y viene, sube y baja, acelera y lentifica el paso. No sabe adónde llegar. Tan sólo tiene claro que el corazón necesita acompasar cada latido y cada anhelo.

La armonía es el secreto de la felicidad.

Un día siente la necesidad irreprimible de escuchar: '¡Señor mío y Dios mío!' Experimenta, sin saber por qué, una sensación indecible de amor, de bondad. Descubre de repente que es llevado por lo que ha buscado sin cesar: él, Jesús.

*Monticelo, centro de mística

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