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Una lágrima por Boris

  • Óscar Domínguez Giraldo | Óscar Domínguez Giraldo
    Óscar Domínguez Giraldo | Óscar Domínguez Giraldo
02 de noviembre de 2011
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Boris de Greiff (Medellín 1930) acaba de enrocar largo. Su calidad y calidez humanas no volverán a mover las piezas del juego que amó. No quiso homenajes. Cremación y vámonos.

Caissa, diosa del ajedrez, nos deparó al hijo del panida León en doña Matilde Bernal Nicholls para que fuéramos más felices practicando ese deporte regalo de la India.

Sume los Bill Gates que hay, y entre todos serán incapaces de inventar un juego más insólito y bello.

Fue el Ivonne Nicholls del ajedrez. Nadie ha hecho más en Colombia por este deporte que el hombre que se tuteaba con la élite del que más que "un juego es una pasión", palabras que García Márquez puso en labios de Bolívar.

El maestro Boris era de los que regalaba el pez y enseñaba a pescar.

A él le debo la más espléndida derrota que he sufrido. Me puso a jugar contra el excampeón mundial Boris Spassky, quien me despachó en 28 jugadas. (El ruso jugó contra 30 tableros, algo tan demoledor como hacer el amor igual número de veces seguidas).

De Greiff empezó a acariciar las piezas de la mano de su primo Daniel Mesa y luego del tío Otto de quien heredó su biblioteca ajedrecística.

"No hay de Greiff rico, ni bobo, ni godo", solía decir. Sostenía que los Nicholls colombianos como su madre, forman una sola familia. Son parientes de Mr. Edward, espléndido anfitrión del Libertador Bolívar en Honda, cuando iba de regreso a la eternidad.

Recordaba el memorioso Boris que Bolívar dedicó sus últimos ocios a jugar ajedrez. Un fraile puesto ad hoc por Dios se dejaba ganar para subirle la moral. Hoy los jugadores de póquer se dejan ganar del presidente Santos para trepar.

De Greiff es el único colombiano que podía contar que el Nobel García Márquez cubrió la partida que le ganó al pianista vienés Paul Badura Skoda, en casa de Fernando Gómez Agudelo, quien ponía música de Bela Bartok, el preferido del Nobel. El tío Otto apuntaba las jugadas.

Su obra corre publicada en numerosos libros y decenas de crónicas periodísticas. Era un apóstol de las 32 piezas. En la hermandad de los trebejistas todos lo admiraban y respetaban. No se dio nunca el lujo precario de coleccionar enemigos.

Fue ajedrecista de primera línea. Hablaba y escribía con conocimiento de causa. Campeón nacional a los 21 años participó en nueve olimpiadas mundiales. Fueron 65 años dedicados al ajedrez.

Nadie más confiable que el maestro Boris como árbitro. En ajedrez hablaba ex cátedra, como los papas. Es de los que se podía invitar a comer a la casa.

El cultísimo Boris le subió el nivel al ajedrez colombiano. De ñapa era una caja de música. Nos dejó un caballero dentro y fuera de los 64 escaques. El mundo ajedrezado derrama una agradecida lágrima en su memoria.

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