Lo mínimo que hay que hacer es echarse una bendición y llenarse de valor para emprender la odisea del viaje a Quibdó.
De los 210 kilómetros que hay entre Medellín y Quibdó la mitad son un vía crucis o una penitencia para conductores y pasajeros, que si se quiere saldar doblemente la puede cumplir en bus o en camión.
Hasta El Siete, ya territorio de Chocó, se puede considerar vía, pero desde ahí hasta Quibdó, como muchos dicen, es una trocha, un camino de herradura o una porquería de camino, porque aparte de las incomodidades, hay que sortear toda clase de peligros que ponen en riesgo la vida.
Después de este sitio, en donde está el ingreso a Carmen de Atrato, los huecos, las lagunas o piscinas al borde de abismos de más de 100 metros son la constante, como al que se fue el pasado martes el bus de Rápido Ochoa con aproximadamente 50 pasajeros y en el que solo se salvaron 10 personas.
La velocidad promedio con la que se puede transitar es 10 kilómetros por hora, lo que hace innecesaria e inútil la señalización vertical que recomienda, como si fuera un sarcasmo, no ir a más de 20 o 30 kilómetros por hora o avisando previamente el encuentro de una curva cerrada, un paso estrecho..., ¿quién no se va a dar cuenta?.
Sin embargo, hasta El 20, como muchos dicen, es una "autopista", entre ellos Ramiro Giraldo. "Todavía hasta aquí es caminable, para abajo se asemeja a una quebrada que se queda seca: tiene piedras, huecos, canalones... Mejor dicho, hasta Tutunendo es una completa porquería. Por acá no hay conductores lo que hay es magos del volante".
Y razón tienen porque ya los abismos no están a borde de carretera, sino en ella misma y en los que se pierde de vista por lo menos la mitad del vehículo.
Todavía sin llegar a El 20, donde empieza lo más crítico, Vicente Rodríguez, quien había tenido que esperar hasta las 11:00 de la noche en El Siete a que dieran vía porque estaban en las labores de rescate de las víctimas del accidente y luego de ocho horas de viaje, se varó un poco después de El 12.
Una de las llantas traseras había reventado los espárragos. Esperaba con paciencia luego de bajarla a que pasara un vehículo que lo llevara de regreso a El Siete para poder arreglar la llanta.
"Llevo dos días de viaje no se a qué horas me pueda desvarar y todavía me falta lo más crítico", expresaba con resignación Vicente.
Ellos mismos se abren paso
Debido a las condiciones de la carretera casi que el único flujo de vehículos es de camiones. La única empresa transportadora es Rápido Ochoa que contempla la posibilidad de no seguir prestando servicio por este corredor y las autoridades nacionales han decidido cerrarlo en la noche.
Por eso unas 14 comunidades indígenas, integradas por 2.500 personas que están ubicadas entre El 12 y El 22, la han convertido en peatonal. Al igual que la comunidad afrocolombiana, cada día se sienten más invisibilizados por el Estado. "Pensamos en organizar una protesta porque vemos el abandono de la vía, para exigir que la arreglen", expresa José Estévez, líder de la comunidad de El 18.
Los conductores, además del equipo de carretera, deben armarse de pico, pala y machete para salir de los atolladeros en los que frecuentemente se quedan atrapados. También se deben aprovisionar de víveres por si se quedan en algún derrumbe.
En este mismo sitio, cuenta José Mosquera que hace varios años no le echan una palada de tierra a la carretera. "Hace ya casi cinco años vinieron unos contratistas de Bogotá a trabajar la vía y me tocó alimentarlos y no solo dejaron inconcluso el trabajo, sino que se fueron sin pagarme tres millones de pesos, lo mismo que a los trabajadores", cuenta José.
Debido a esto José y su esposa se quebraron, cerraron el restaurante y se quedaron sin qué hacer porque él tiene una prótesis como pierna y ella una enfermedad.El tramo más difícil
Luego de escuchar este drama arrancamos para emprender la etapa más difícil en la que acompañamos a Saúl Cano, desde El 21 hasta Monguirrí, el sector más crítico, y pudimos ser testigos de la peripecia con la que afrontó este tramo. Llegamos a pensar en varios pasos que su vehículo no se volcaba gracias a la fuerza mental que hacíamos para sostenerlo.
Lo que había dicho Ramiro Giraldo se quedó corto. En varios sectores debía pasar su vehículo por encima, no de piedras, sino de rocas, por las que sus llantas se deslizaban o patinaban.
Pero antes de llegar a este sitio, en El 22, donde hay un asentamiento indígena, irremediablemente tuvimos que interrumpir, pues teníamos que parar el baño de un pato en una de las incontables lagunas que tiene la vía.
Al llegar a Monguirrí, Saúl descansó. "Ya de aquí en adelante lo máximo que me puede pasar es que me quede varado". Para nosotros estas palabras fueron también un alivio, más no un descanso porque los riñones, la espalda y hasta la cabeza siguieron aguantando los embates de los brincos que daba el carro.
"Después de Tutunendo la carretera está un poco mejor", nos dijo un soldado del Ejército que había acabado de ayudar a sacar un camión pequeño de un atolladero.
Pero fue muy poco lo que mejoró porque nos entramos en unas bateas llenas de agua. Solo pudimos descansar cuando llegamos a Quibdó.
Así pudimos sentir los padecimientos que a diario enfrentan los usuarios de este "camino de herradura o trocha", como muchos la llaman.
Un viaje que estuvo acompañado de frases de aliento y de agradecimiento de los conductores y de las comunidades por mostrar la realidad.
Es una carretera inhumana ,o como le manifestaron algunas personas al Presidente de la República el viernes en la noche en Quibdó: "esto no es una vía es el corredor de la muerte". O como dice el camionero Óscar Vélez: "por acá se transita porque nosotros arreglamos los pasos, porque o si no estaría tapada...".
Pico y Placa Medellín
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