La democracia no empieza en las urnas. Empieza en la tienda que abre a las seis de la mañana, en el taller que enciende sus máquinas, en el cultivo que se recoge al amanecer. En esas actividades cotidianas, repetidas millones de veces a lo largo y ancho del país, se sostiene una parte esencial —y poco visible— de la vida democrática. No es un fenómeno menor. Más del 90 % del tejido empresarial colombiano está compuesto por microempresas, que generan cerca de 15,3 millones de empleos.”
¿Cómo las microempresas aportan al desarrollo social del país?
“La microempresa es hoy uno de los principales generadores de oportunidades que tenemos”, explica Lina María Montoya Madrigal, directora de Interactuar. “Pero además de eso, está construyendo el tejido social del país todos los días”.
Durante años, la microempresa ha sido vista principalmente como un actor económico. Sin embargo, su impacto va mucho más allá. “Se nos vuelve paisaje”, advierte Montoya. “Vemos la tienda, la peluquería, el café, pero dejamos de dimensionar que eso es lo que realmente nos está sosteniendo”.
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Ese “paisaje” está compuesto por muchas historias. Como la de Saborini, una empresa familiar de pulpas de fruta que nació del sueño de una madre emprendedora y hoy genera cerca de 27 empleos. O la de Collartex, una compañía textil con más de dos décadas de trayectoria que enfrenta el reto de modernizarse en un entorno cada vez más competitivo. O la de Café Don Rafa, en el Suroeste antioqueño, que integra toda la cadena productiva del café y sostiene a decenas de familias. En todos los casos, hay un elemento común y es la microempresa como núcleo de desarrollo.
Para Jeisson Rico, gerente de Saborini, el propósito se transformó con el tiempo. Lo que comenzó como una necesidad terminó convirtiéndose en la convicción de generar empleo digno y ver cómo las personas crecen. “Ese crecimiento no es solo económico, sino también emocional e intelectual, y termina irradiando hacia la comunidad. Ahí es donde la economía empieza a convertirse en democracia.”, dice.
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Más que negocios, liderazgos que transforman comunidades
En municipios como Jericó, donde el turismo, la cultura y el café se entrelazan, la microempresa adquiere otra dimensión. No es solo una unidad productiva, sino que es también un espacio de liderazgo.
Sandra Castaño, gerente de Café Don Rafa explica que “los empresarios de las microempresas son constructores silenciosos de país. Su impacto no siempre es visible, pero es profundo”. Desde su experiencia, cada empleo formal, incluso uno solo, representa una contribución directa a la economía y al bienestar colectivo.
En su caso, la empresa no solo vincula trabajadores, sino familias completas, y se convierte en un espacio de formación. “Nos interesa que quieran aprender. El conocimiento lo transmitimos nosotros”, dice.
Ese rol formador también aparece en otros sectores. En Collartex, por ejemplo, el relevo generacional ha implicado no solo asumir el negocio, sino organizarlo, estructurarlo y proyectarlo hacia nuevos mercados. Para Juan David Restrepo, su director, uno de los mayores retos ha sido entender que liderar una empresa implica tomar decisiones que atraviesan lo humano, lo económico y lo político al mismo tiempo.
¿Cómo afectan las decisiones del Gobierno a los empresarios de la microempresa?
Uno de los mayores desafíos es, precisamente, cerrar la distancia entre la política y la vida cotidiana de los empresarios.
“Las decisiones del gobierno no son lejanas”, insiste Lina Montoya. “Se sienten en la caja del día, en los costos, en la posibilidad de contratar, en la capacidad de crecer”. Sin embargo, muchos empresarios siguen percibiendo la política como algo ajeno. La urgencia del día a día —vender, pagar nómina, sostener el negocio— termina desplazando la participación.
Esa desconexión tiene consecuencias. Cuando millones de empresarios no participan activamente en la democracia, las decisiones quedan en manos de unos pocos y esto genera un panorama de incertidumbre.
Desde la experiencia empresarial, esa incertidumbre es tangible. Cambios en el salario mínimo, reformas laborales o variaciones en las reglas de juego pueden alterar por completo la planeación de un negocio. “Lo que más necesitamos es tener reglas claras”, explica Lina Montoya. Sin esa claridad, proyectar inversiones, contratar personal o crecer se vuelve una apuesta riesgosa. Por eso, insiste, la participación no es opcional. Si afecta al negocio, debe importar. Y si importa, debe motivar a actuar.
En un país donde la microempresa representa la mayor parte del tejido empresarial, su ausencia en la conversación pública no es menor. La pregunta no es solo cómo afectan las decisiones del Gobierno a estos empresarios, sino qué pasaría si millones de ellos empezaran a asumir un papel más activo en esas decisiones.
Bloque de preguntas y respuestas
- 1) ¿Por qué la participación política de los empresarios de la microempresa es clave?
- Porque son mayoría en el tejido empresarial y viven de primera mano los efectos de políticas públicas. Si no participan ni se informan, otros definen decisiones que afectan costos, formalización, empleo y condiciones para competir.
- 2) ¿Qué puede hacer un empresario para incidir sin hacer política partidista?
- Informarse, participar en conversaciones públicas y gremiales, entender propuestas que impacten empleo y costos, y ejercer voto consciente. La incidencia comienza con conocimiento del contexto y con exigir reglas claras y estabilidad.
- 3) ¿Cuáles decisiones del Gobierno impactan a las microempresas?
- Cambios en salario mínimo, reglas laborales, impuestos o costos pueden modificar nómina, precios, contratación e inversión. La “incertidumbre regulatoria” afecta la planeación y el crecimiento, incluso en negocios con buena demanda.