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Palacio de Justicia desclasificado: el libro que revela los expedientes secretos de la toma

Durante dos años y medio el periodista Andrés Felipe Carmona escarbó entre miles de expedientes, informes de inteligencia, testimonios y documentos secretos para revelar, con archivos inéditos, lo que quedó oculto tras las 28 horas de fuego del Palacio de Justicia. Escribe este texto para GENERACIÓN.

  • Palacio de Justicia desclasificado: el libro que revela los expedientes secretos de la toma
hace 51 minutos
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Durante dos años y medio viví como un roedor de archivo para darle vida a mi primer libro ‘Palacio de Justicia Desclasificado’. O quizá como una serpiente que se desliza por los sótanos judiciales del país, donde casi ningún periodista vuelve luego de cubrir la noticia. Me sumergí en una obsesión con nombre propio: los expedientes del Palacio de Justicia.

Seguí el rastro a través de documentos que llevaban décadas escondidos, pudriéndose en el olvido entre cajas y folios de los depósitos judiciales de Bogotá. Allí, en estanterías grises pandeadas por el peso de los archivos estaban los procesos abiertos por los jueces de instrucción criminal después del 6 y 7 de noviembre de 1985. Aquella figura judicial ya no existe.

Aquel año en que Colombia, atrapada en una tregua a medias con el M-19 con el presidente Belisario Betancur y acorralada por una mafia insolente, vio el horror escalar hasta la cúspide de la ley: la Corte Suprema.

<i>Palacio de Justicia desclasificado</i>: el libro que revela los expedientes secretos de la toma

Eran días en que los magistrados recibían coronas fúnebres en sus casas. La Policía, con allanamientos liderados por un joven capitán llamado Óscar Naranjo —el mismo que luego se obsesionaría en perseguir a Pablo Escobar—, intentaba frenar la ofensiva.

Y mientras tanto, el Estado acumulaba folios, seguía los pasos de la entonces guerrilla y trazaba perfiles de inteligencia que hoy demuestran hasta qué punto sabían lo que se gestaba antes de que estallara el primer cristal de la Plaza de Bolívar.

Rastrear esa ruta me llevó a juzgados perdidos de la fría capital, ya con menos intensidad para un calentano como yo de Cali. Algunos papeles todavía anclados en la vieja Ley 600 (antes del actual sistema acusatorio nacido en 2002). Y entonces los papeles empezaron a hablar.

Al cruzar esa letanía con las voces de los sobrevivientes y los huérfanos, los expedientes dejaron de ser letra muerta para convertirse en las vísceras de la historia de un país. Eran ventanas que, cuarenta años después, permitían asomarse a aquellas veintiocho horas de fuego desde rincones que habían permanecido en absoluta oscuridad.

Poco a poco, la tinta fue iluminando las sombras. Emergieron las voces del administrador de la Casa del Florero, testimonios que dibujan el purgatorio que se vivía allí adentro mientras militares y rehenes quedaban atrapados en la operación de retoma.

Aparecieron también pistas inéditas sobre Irma Franco, la guerrillera esfumada tras salir viva del infierno, incluyendo un testimonio de 1994 que señalaba a la Escuela de Logística como su posible tumba.Leí, en esos mismos folios, la minucia logística de la guerra. Cómo el M-19 se robaron los dos camiones para asaltar el edificio, las coartadas de las dos casas alquiladas en el sur con identidades falsas.

El archivo que convertí en libro de 40 capítulos cortos, cada uno con un archivo inédito revelado, no solo narra el asalto, también disecciona el después. El tránsito fantasmal de personas que salieron vivas hacia la Casa del Florero y luego se evaporaron.

Y encontré, además, la anatomía de la destrucción. Los oficios que detallan la limpieza de escombros con 300 viajes de volqueta, ese proceso brutal donde se mezclaron cenizas, proyectiles y huesos. También las innumerables boletas de inhumación como NN de restos óseos en la fosa común del Cementerio del Sur de Bogotá.

La historia del Palacio no solo quedó aplastada bajo las vigas humeantes del edificio; fue fragmentada en cientos de necropsias, interrogatorios y declaraciones dispersas. Antes del fuego, la vigilancia.

Los informes de inteligencia

Papeles secretos del B-2, el antiguo aparato de Inteligencia militar, fechados días antes de la toma, revelan un Estado que respiraba en la nuca del M-19, observando el escenario mientras la tragedia ajustaba su reloj.

Surgieron también conexiones innegables: la ruta de las armas con Centroamérica, los cruces de conveniencia entre insurgencia y narcotráfico, actores con objetivos distintos que terminaron encontrándose en una misma coreografía de la violencia.

Entre esos rastros apareció una hoja de libreta de 1985, hallada años después en la finca El Bizcocho de Pablo Escobar, en El Poblado, Medellín. En ella estaban escritos los nombres de todos los magistrados asesinados el 6 y 7 de noviembre durante la toma y retoma del Palacio de Justicia. ¿Coincidencia?

En la cúspide del poder, las comunicaciones escritas de la Casa de Nariño reconstruyen los instantes en que el presidente Belisario Betancur intentaba gobernar una situación que se le deshacía en las manos. Horas dictadas no solo por los tanques, sino por los teléfonos y las decisiones tomadas mientras el Palacio ardía.

Eso es, en esencia, ‘Palacio de Justicia Desclasificado’, mi libro publicado por Mediapluma Editorial y que gracias a ustedes ya va en tercera edición. Un regreso a la letra menuda. A lo que quedó escrito cuando nadie sospechaba que, cuatro décadas más tarde, alguien volvería a escarbar.

De más de tres mil documentos y una obsesión implacable nació esta obra, buscando responder a una única pregunta: ¿qué queda de una tragedia cuando las noticias ya no ocupan titulares y el tiempo arrasa con los protagonistas?

La respuesta siempre estuvo en los archivos. Porque un archivo no es un depósito de papeles muertos. Es un organismo vivo, la bóveda donde una sociedad guarda lo que quiso registrar, ocultar, o simplemente dejó de mirar.

Por parafrasear al escritor argentino Sergio Wolf, en su obra ‘Las víboras no tienen párpados’, un ensayo sobre el archivo, los archivos institucionales, históricos o artísticos son como las víboras; “se quedan dormidos tras largas esperas, pero mantienen siempre un ojo abierto porque pueden ser despertados en cualquier momento por el investigador”.

Es eso. Un expediente puede dormir durante décadas, en absoluto silencio, esperando el momento en que alguien rompa el sello de una caja, desdoble un folio y escuche una declaración capaz de alterar el sentido de la historia.

Después de dos años y medio husmeando, entendí que al Palacio de Justicia le faltaban varias piezas por encajar que estaban ahí, en miles de páginas bajo el polvo. Documentos que nunca solo necesitaban que alguien regresara a escucharlos.

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