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Expedición hacia el último páramo por descubrir en Antioquia

Fernando Alzate Guarín lidera un equipo de biólogos en una expedición hacia el páramo del Nudo del Paramillo.

  • Alzate estuvo en el páramo de Sonsón (foto). Foto Esteban Vanegas
    Alzate estuvo en el páramo de Sonsón (foto). Foto Esteban Vanegas
01 de febrero de 2021
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Ayer no durmió. Le pasa igual que a la mayoría: soporta la víspera del viaje en insomnio. Revisó la maleta, una y otra vez. Repasó el itinerario en la cabeza: 6 o 10 horas hacia Peque; descansar, concentrarse en alivianar el cuerpo. Liberarlo de ataduras, de estrés. Llevarlo a abandonar límites. Y subir y subir y subir. Hasta que el aire lo moje y comience a faltar; hasta que la bruma lo envuelva y un mundo de vapor frío se deje ver. Hasta que el páramo del Nudo del Paramillo lo reciba con sutil indiferencia.

Será una estampa soñada. Fernando Alzate Guarín se la ha imaginado hace 10 años. “Por razones de su topografía, que alcanza cerca de los 4.000 metro (m) de altitud y la presencia de grupos armados irregulares, su exploración ha sido muy poca”, repite emocionado. Parece un coleccionista ante la última lamina de su álbum. El de Sonsón, el de Belmira, el del Citará, el de Urrao, Fernando se ha adentrado en todos los páramos con la infinita curiosidad de un niño.

Su figura de explorador se antojaría anacrónica si los páramos no fueran, por naturaleza, bóvedas de secretos. En ellos, le ha enseñado la experiencia, cerca del 40 % de las especies son endémicas, es decir, no se encuentran en otro lado que no sea allí. “Debe haber una biodiversidad rampante, muy loca”, se sigue imaginando el del Paramillo.

“Allí confluyen muchas zonas de vida”. Las enumera de memoria: tiene influencias de la región Caribe, por su cercanía a Panamá y a las sabanas de Córdoba; y de la Andina, por hacer parte de esta cordillera; debe ser hogar de flora y fauna del Pacífico, por su cercanía al valle selvático del río Atrato, “y es el punto más al norte. Ahí terminan los Andes en la cordillera occidental. Y vamos a inventariarlo”.

Está convencido de que encontrará especies de flora que no se han estudiado. ¿Cómo se ve algo que no se ha visto? “No hay un aviso que diga ‘soy nueva’, por desgracia. Lo primero es conocer muy bien el grupo de plantas. Yo identifico, por ejemplo, que esta planta que tengo en mis manos es del género Espeletia, pero yo, que conozco muy bien las espeletias, sé que el espécimen que tengo no es ninguna de las ya descritas y conocidas por la ciencia, o tengo mis dudas de que lo sea”.

Es un trabajo de memoria, de teoría de conjunto y de tiempo. “Un juego donde se mezcla y analiza información de todo tipo”. Un momento, ese en el que se tiene la esperanza de estar ante algo nuevo, que sucede a una temperatura de 10 grados, si es de día, y a una altura en la que la concentración de oxigeno es 40 % menos que a nivel del mar. “Algunos colegas me molestan, que por qué el páramo, por qué no algo menos extremo, pero eso es parte de lo que me gusta”.

Donde las águilas se atreven

De Peque, Alzate y sus compañeros exploradores, un colega y dos estudiantes de doctorado, todos de la Universidad de Antioquia, tendrán que llegar a la vereda Los LLanos. A partir de allí comienza la montaña. Serán 4 horas de caminata hasta el primer pare, donde armarán carpa y pasarán la noche.

En la oscuridad de un páramo la temperatura puede bajar hasta los cero grados. Las ventiscas son otra cosa. Su frío atraviesa ropa y huesos, disminuyendo la sensación térmica a unos posibles -4 o -5 grados. A Lucas, el joven protagonista de “Los Irlandeses”, un libro de Jairo Buitrago, su abuelo le decía que en los páramos se perdía la gente. “Se congela, la devoran las bestias, las águilas se llevan a los niños pequeños”.

“Hay una película clásica que se llama Donde las águilas se atreven. Creo que los páramos son eso. La subida, el esfuerzo físico que implica... no todo mundo está hecho para estas condiciones”, relata Alzate. El tiempo también cambia. “Es uno más lento. Tanto en el movimiento como en el pensamiento”. Su maleta es la de un superviviente.

Poca ropa que no sea térmica o capaz de secarse rápido al sol. De comida, solo lo estrictamente necesario: salchichas, latas de atún y alguna que otra de esas sopas instantáneas, que más que por el sabor, tal vez solo se llevan para calentar las manos.

La cámara, el material de colecta, el alcohol para evitar descomposición de las muestras que van a extraer del páramo, tijeras podadoras, GPS, y varias libretas para tomar notas de campo completan el equipaje. Un peso que a casi 4.000 m de altura no pasa desapercibido. Por eso su preparación no es solo mental. La montaña exige.

“Cuando tengo programado una salida de este tipo, me preparo trotando. Ahora me he dedicado a hacerlo por la Loma de los Balsos hacia arriba, que es muy pendiente, para tomar buen estado físico”. Podría ser, reconoce, un acto un poco masoquista.

En una ocasión, tras tres días de subir un cerro en la Laguna de Santa Rita, en el Suroeste de Antioquia, creyó que no iba a dar más. “Desde el primer día me dije, yo cuándo me vine por acá. Me pareció darle la razón a esos colegas que dicen que soy un pendejo”, recuerda. A diferencia de Lucas, en “Los Irlandeses”, que deambuló perdido y hambriento por un páramo al que prometió nunca volver, Fernando parece regresar siempre, buscando eso que no vio. O tal vez, buscando solo volver a ver. Tras pasar esa primera noche en la intemperie, Alzate y su equipo reanudarán la marcha durante otras seis horas. Hacia el mediodía del martes 2 de febrero estarán por fin llegando al Páramo del Nudo del Paramillo.

¿Cómo se explora?

Esta ha sido una cita postergada durante mucho tiempo. Financiación, problemas de seguridad y la improbabilidad hecha realidad de una pandemia global empujaron el viaje hasta 2021. “Hasta que me dije, no más, me voy como sea”. Será apenas un primer acercamiento, un “pequeño” vistazo que alumbrará futuras expediciones de más larga duración que ya imagina con emoción.

De martes a jueves Alzate y su equipo buscarán especies de flora y algunas de fauna en los lugares donde hay más probabilidad de hallar. “Por ejemplo, detrás de una roca que proteja del viento”. No será necesario, nunca lo ha sido, recorrer todo el páramo.

“Cuando empiezas el muestreo, si lo representas en una gráfica x y, especie por área, eso empieza a subir y a subir. Pero llega un punto donde ya por más área que incluyas, no encuentras nada nuevo” explica. Tras ese límite, no tiene sentido seguir muestreando, distinto al solo placer de estar recorriendo un páramo.

“Este no va a ser tan estadístico, sino que vamos a tener dos días y medio para colectar plantas y recorrer diferentes ambientes dentro del mismo páramo”, finaliza Fernando. El viernes emprenderán el camino de regreso a Medellín. Sus maletas seguramente habrán subido de peso, con el material que extraerán.

Exhausto física y mentalmente, a Alzate y su equipo le esperará otro trabajo: el de analizar notas, fotografías y especímenes, en busca de la confirmación de un hallazgo. Si el Paramillo es lo que tanto tiempo esperó Fernando, volverá a él. Si no, seguramente también lo hará. Este lunes 1 de febrero, a las 2:oo a.m. se emprendió un viaje con rumbo al último páramo que Antioquia espera descubrir

3.900
metro de altura alcanzaría el equipo de Guarín en su viaje hacia el Páramo de Paramillo.
Infográfico
Rumbo al último páramo por descubrir

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