Por jesús Botero garcía
Colaboración especial*
Parece haber un consenso claro acerca de los elementos que definen la competitividad de una economía: los doce pilares analizados en el índice de competitividad del Foro Económico Mundial (FEM), que resumen el “conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan el nivel de productividad de un país”.
En un primer nivel, los requerimientos básicos de la competitividad son cuatro: instituciones sólidas, que ordenen adecuadamente la relación entre los agentes; una infraestructura adecuada, que sirva de soporte a las actividades productivas; un entorno macroeconómico sano, que garantice la viabilidad de las acciones emprendidas; y una base esencial de salud y educación primaria de la población.
En un segundo nivel, son seis los factores decisivos: el capital humano, la eficiencia en los mercados de bienes y servicios, el buen funcionamiento de los mercados de trabajo, el desarrollo de un sector financiero eficiente, la preparación tecnológica y un adecuado tamaño de mercados, que permiten a las economías dar el salto a la eficiencia. Y por último, la sofisticación en los negocios y la innovación son los inductores del desarrollo pleno, que potencian al máximo las capacidades de una economía para alcanzar la prosperidad.
Las recetas han cambiado
Pero si bien son claros los factores que definen la competitividad, no son tan claros los caminos para consolidarlos: han pasado ya los tiempos en los que se creía en recetas sencillas que permitían avanzar a una economía desde estadios básicos de desarrollo a posiciones competitivas complejas que permitan el aprovechamiento pleno de su potencial.
La experiencia histórica ha mostrado que esas recetas fáciles no funcionan, y que los países pueden verse atrapados en complejos problemas de consistencia, que limitan la efectividad de las acciones para elevar su competitividad. Como lo afirma Michael Spence, “para tener éxito, los hacedores de política deben garantizar que las medidas para abrir la economía, para impulsar la inversión pública, para mejorar la estabilidad macroeconómica e incrementar la confianza en los mercados y en los incentivos para asignar recursos, se implementen en paquetes razonablemente completos”.
El tema esencial es, pues, de estrategia: las acciones de política se deben complementar adecuadamente unas a otras, para alcanzar su plena efectividad. Debe generarse una mejora ordenada en todos los frentes, que permita alcanzar logros sobresalientes. No basta, por ejemplo, con obtener mejoras en infraestructura y tecnología, si al tiempo se deteriora la calidad de las instituciones. En síntesis, la estrategia debe garantizar un progreso ordenado en todos los frentes, que produzca el efecto global deseado y evite que los logros parciales se vean atenuados por efectos adversos en otros frentes del desarrollo económico y social.
Las estrategias
Y en el diseño de estrategias, conviene, ante todo, resaltar la necesidad de la creatividad: se requieren, por supuesto, diagnósticos adecuados de los factores que inhiben el crecimiento, de los cuellos de botella que una economía enfrenta para su pleno desarrollo. Pero hay un lugar primordial para la innovación en dicho diseño.
Algunos analistas han señalado, por ejemplo, que el modelo chino sólo fue posible a partir de la introducción parcial de mecanismos de mercado en el sector agrícola, que sin afectar las estructuras básicas de sostenibilidad del modelo político, abrieran espacio sin embargo a la operación de incentivos adecuados para la iniciativa privada. Toda sociedad opera sobre un complejo entramado de poderes e intereses, sobre el cual debe garantizarse la viabilidad de las acciones políticas que conduzcan al progreso y al desarrollo.
La cuestión, por tanto, no radica sólo en qué hacer. Más importante aún es el cómo hacerlo, qué estrategia seguir para lograr las sinergias indispensables entre las acciones que se emprendan, de forma tal que se alcancen los logros deseados.
El análisis cuidadoso de experiencias exitosas es un insumo importante en este análisis. Y la creatividad: la capacidad de conformar paquetes de medidas consistentes, que produzcan la transformación de la sociedad, en medio de la compleja red de intereses que siempre condiciona las posibilidades de una economía. El conocido reto de la economía política.
*Docente de la U. Eafit
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