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Lágrimas

Lo que hemos de recuperar, si es que alguna vez lo tuvimos, es la capacidad de señalar al malhechor sin importar su partido político.

hace 3 horas
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  • Lágrimas

Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho

Se ha puesto de moda, en las discusiones políticas en redes sociales, desear con regocijo ver llorar a los contrarios: “que rueden lágrimas de fachos”, gritan unos; “que la lloren los mamertos”, anhelan otros con sorna; como si se tratara de una discusión de niños malcriados cuya única forma de validación fuera la humillación del otro; como una caricatura de orates enfurecidos dándose garrotazos eternamente, sin más propósito que ese: hacerse llorar.

Y claro, uno va a ver a los líderes de la Nación y entiende por qué los fanáticos, cómodamente refugiados en un dogma político, se comportan así. Un célebre expresidente ordena hacer llorar a una opositora y sus bodegas corren a obedecerle; un impresentable ministro afirma, cínicamente, que “los ricos también lloran”, al ser cuestionado sobre las dificultades de acceso a los servicios de salud; ciertos congresistas mandan a “dejar de llorar” cuando son criticados y, siguiendo el ejemplo, varios aspirantes al Congreso se dedican a esperar las lágrimas de la derecha o de la izquierda.

Mientras tanto, en el mundo real, quienes lloran son otros. Lloran las víctimas del descalabro del sistema de salud; lloran doctores y científicos, engañados por un gobierno anticiencia; lloran los deudores del Icetex, abandonados a su suerte después de hermosas promesas; lloran las mujeres que creyeron en un presidente aliado y ahora ven cómo este defiende a los abusadores y encadena frases machistas bajo un falso halo de sabiduría; lloran las viudas y los huérfanos de todos los asesinados por el recrudecimiento de la violencia y el fortalecimiento de los grupos criminales, bajo la mirada pasiva de la fallida paz total y su autor intelectual, ahora candidato al trono. Y lloran los empresarios, y lloran las víctimas de desastres naturales, y lloran quienes esperaban, por lo menos, una carretera decente o una vivienda digna.

También lloran, pero con lágrimas de cocodrilo, quienes ostentaron el poder durante décadas y condujeron a la sociedad al hastío político. Aquellos que hicieron caso omiso del malestar social, de la desigualdad y de la violencia hoy lloran diciendo que hay que “recuperar a Colombia”, como si no hubiéramos vivido desde siempre en un país cogobernado por corruptos, donde las mafias políticas cooptaron el Estado. ¿Recuperar para quién? Lo que hemos de recuperar, si es que alguna vez lo tuvimos, es la capacidad de señalar al malhechor sin importar su partido político; de ser antiguerrilla y antiparamilitar; la vergüenza de hacer trampa y mentir en público; la convicción de que no podemos seguir eligiendo líderes manipuladores y egoístas que se valen del “pueblo” para saciar sus sueños de grandeza o de riqueza.

Lloramos quienes soñamos con un futuro digno, un progreso constante, una infraestructura decente y una sociedad solidaria, pero nos estrellamos una y otra vez contra el muro de la indolencia y el cinismo.

Triste nación, donde el proyecto de unos es hacer llorar a los otros; triste país donde las etiquetas políticas valen más que los resultados; triste época en la que la ideología es más importante que el criterio. Sequemos las lágrimas, limpiemos nuestros propósitos y empecemos por recordar que el cambio empieza por nosotros mismos; ya veremos si nuestros líderes están a la altura.

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