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No permita que sus sesgos le impidan disfrutar la magnífica prosa y la oda a la lengua española que es leer a García Márquez. Su obra no es perfecta, es humana.
Por Dany Alejandro Hoyos Sucerquia - @AlegandroHoyos
A muchos les encanta endosar a los artistas responsabilidades ingentes que no les corresponden. Además de hacer su trabajo les exigen ser ciudadanos impolutos, carismáticos, inteligentes, prudentes, patriotas, sencillos, diáfanos, perfectos. Es decir, inhumanos.
A Gabriel García Márquez le reprochan no haber construido un acueducto en Aracataca, responsabilidad exclusiva de la clase política. Es como si les pidiéramos a los políticos que escribieran un libro digno del nobel. No, acá no nació Wiston Churchill. Quiero pensar que semejantes exigencias son producto de la alta expectativa y sacralización en la que encumbramos a nuestras estrellas. Les exigimos más a los que amamos, por eso la decepción a la confianza duele tanto. De quien nada esperamos, nada reprochamos.
Algunos dirán: hay que separar la persona del artista. Sí y no, Michael Jackson era un gran artista, pero cuando descubrí que era un pedófilo, para mí perdió mucho. Su delito fue moral y penal. Lo mismo me pasa con Diomedes, el rock star colombiano. Ahora bien, esos son delitos punibles, pero ¿qué delito hay en ser amigo de Fidel Castro? Eso no hacía a Gabo comunista, y si lo era, tampoco sería problema. El comunismo y el fascismo son funestos, aún así, tengo amigos con pensamientos comunistas y fachos. Muchos los tenemos. Fachos y comunistas enclosetados es lo que hay. Borges cenó con Pinochet; Neruda y Saramago eran comunistas. Admiro a los tres. Expiado entonces el segundo pecado de Gabo.
El tercer pecado: no vivir en Colombia. Tomado de la lógica que reza: si no vives en Colombia, no quieres al país. ¡Y dale con el nacionalismo! Según eso, más de cinco millones de colombianos que viven afuera no quieren la patria y sus lágrimas al escuchar el himno nacional son de cocodrilo. García Márquez, Vallejo y muchos otros vivieron en México. Allí escribieron sus libros sobre Colombia, y estoy casi seguro que estaban más enterados del país que muchos de los que vivíamos acá. “Tengo a mi patria siempre en la mano”, dijo el poeta Jorge Debravo.
Bueno, el cuarto pecado —y quizá el más irrisorio—, se refiere a él como escritor. “Gabo es un escritor enredado y complejo”, dicen. Créanlo, hay gente así. Como diría Vallejo, muchos lectores no son capaces con un libro con más de tres personajes. También hay “opinólogos” que para llamar la atención y hacerse los interesantes rebuznan: “No era buen escritor”. No discuto gustos, pero menospreciar la calidad literaria de Gabo es un sacrilegio.
Finalmente, expiados algunos de los pecados de nuestro gran colombiano, la invitación es a disfrutarlo. Si le cae mal por sus imperfecciones, entonces léalo como si fuera un escritor clásico europeo. No permita que sus sesgos le impidan disfrutar la magnífica prosa y la oda a la lengua española que es leer a García Márquez. Su obra no es perfecta, es humana. Créanme, pasarán más de cien años de soledad literaria para que brote de estas tierras ecuatoriales otro genio del relato como lo fue el esposo de Mercedes. .