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Para mantener vivo el ritual de la bibliomancia al inicio de año, busco respuestas más allá de las declaraciones de los personajes públicos, de los gobernantes de turno, ambiciosos, que desconocen el bien común.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Este año no inició con calma, evidentemente. Los eneros, que en algún momento fueron apacibles, ya no lo son, y dudo que vuelvan a serlo, ¿cómo entendernos en medio de todo? Yo seguiré creyendo que en las conversaciones con quienes estén dispuestos a cambiar de opinión y en los libros, naturalmente, en el azar que deparan esos amigos que acompañan. Así que para mantener vivo el ritual de la bibliomancia al inicio de año, pase lo que pase, busco respuestas más allá de las declaraciones de los personajes públicos, de los gobernantes de turno, ambiciosos, con intereses ocultos que desconocen el bien común. Prendo una vela, cierro los ojos y empiezo el cuestionario.
¿Qué haremos ante este mundo convulsionado, en quién creer? La mano va despacio sobre el anaquel más alto de la sala. Abro el libro, las palabras están dadas: “La idea de que nada es del todo verdad viene de muy antiguo. En los años setenta y ochenta del siglo pasado, un pequeño grupo de intelectuales universitarios de extrema izquierda, encabezados por el sociólogo radical francés Michael Foucault, empezó a defender que el conocimiento era una construcción de las élites, una ficción, como cualquier otra, creada por los poderosos para ejercer su poder. ‘El saber, reza la célebre ocurrencia de Foucault, no ha sido hecho para comprender, sino para hacer tajos’. En esta concepción postestructuralista, la realidad es una elaborada ficción, una construcción arbitraria, ensamblada por los poderosos para justificar y perpetuar su dominio sobre los demás”. ¿Nos dice algo esto que escribió Moisés Naím en su libro ‘La revancha de los poderosos’? Mucho. Ojalá al releer esta frase dejemos de ser tan ingenuos, tan categóricos, ¿qué hacer para que no nos manipulen los poderosos? ¿Cómo quitarles ese poder?
Sigo adelante con la vela encendida y agitada, como si fuera el cuidador de una biblioteca medieval, y pregunto: ¿En qué debería ser más apasionado? Nabokov responde: “Mis aversiones son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música dulzona. Mis placeres, los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas”. Mi alma encuentra algo de sosiego, y como quiero otra respuesta sobre lo mismo, doy un giro, y agarro un libro que tengo a mi espalda, “El inmenso mar”, de Langston Hughes. La frase es contundente, motivadora, un nuevo camino se me abre, quién quita: “¡No permitas que nadie te diga que no sabes cantar!” Es una frase que le dicen nada más y nada menos que a la gran Bessie Smith. ¿Llegó mi hora?
Busco un último consejo, el que los libros me quieran dar, Michel de Montaigne, que estaba escondido en un rincón, me recuerda que, “en lo que dependa de nosotros, hay que tener siempre las botas calzadas y estar dispuesto a partir...” Apago la vela, los libros han hablado para empezar el año.