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Lo que hoy intentan hacer en Sicilia al tratar de salvar esa memoria común que yace en sus libros es proteger la historia, la cultura y el conocimiento.
Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com
La imagen es sin duda impactante. En el casco antiguo de una pequeña ciudad siciliana, una casa ha quedado suspendida en el vacío y la puerta de entrada que da al andén abierta hacia el precipicio. Otras viviendas ya han caído al barranco que se generó por un deslizamiento de tierra, pero esta en particular contiene un tesoro de valor incalculable que ha hecho movilizar a cientos de personas para intentar salvarlo: 4.000 libros.
A lo largo de la historia, en diferentes lugares del mundo y por distintas causas ese instinto de protección ha aflorado. Porque la gente ha comprendido que perderlos no significa que unas hojas desaparezcan sino que la memoria de un pueblo, su historia y sus ideas se desvanezcan. Para bien o para mal, el valor de la palabra escrita siempre ha sido calculado, tanto por quienes le temen como por quienes acuden a ella en busca de respuestas.
Si ahora en Niscemi decenas de escritores e intelectuales comparten ideas concretas y reflexiones para intentar evitar la caída al abismo de esa biblioteca fundada por el historiador Angelo Marsiano, que guarda la memoria de su ciudad, otros han hecho lo propio en distintos momentos.
Cuando en Argentina ocurrió el golpe de Estado de 1976 se dio la orden de perseguir todo lo que tuviera que ver con comunismo. El abogado Salomón Guerchunoff, reconocido militante del Partido Comunista y colaborador permanente del movimiento sindical decidió esconder la mayoría de los libros de su biblioteca en el interior de los muros de la parte alta de la habitación principal. Al poco tiempo lo detuvieron, su familia tuvo que abandonar la casa y allá quedó enterrado el tesoro. Más de treinta años después, sus hijos consiguieron rescatarlos intactos, “con el olor que tenía la casa cuando vivíamos allí”, dijo uno de ellos.
Otro caso fue el del camuflaje que utilizaron en el Chile de Pinochet para salvar letras impresas. Como entraban a las casas a revisar qué libros podían ser “subversivos”, algunas personas se dieron a la labor de retirar la portada de aquellos que querían salvar con mucha delicadeza para evitar dañar el lomo y después le pegaban una nueva portada de otro libro que fuera menos peligroso.
Sin embargo, la historia también nos muestra casos de bibliotecas que perecieron. La de Alejandría, en Egipto, que contenía más de 400.000 pergaminos, y que fue desapareciendo gradualmente debido los saqueos e incendios. La biblioteca india de Nalanda con cientos de miles de textos sobre artes, ciencias, literatura e historia que fue saqueada por invasores turcos en 1193 dejando un vacío en la cultura budista. O los Códices Mayas destruidos por frailes españoles durante la colonización, que al desaparecer crearon enormes lagunas en la memoria de la civilización maya.
Lo que hoy intentan hacer en Sicilia al tratar de salvar esa memoria común que yace en sus libros nos recuerda que bien sean bibliotecas desconocidas, legendarias o personales, protegerlas significa conservar la historia, la cultura y el conocimiento. Porque una vez que se pierden, ese saber desaparece.