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Un pan difícil de digerir

El habitante de la Gran Manzana se arroja en brazos de eso que llaman el factor neoyorquino y paga lo que le pidan por sentir que tiene acceso a un pedacito del lujo que ofrece esa ciudad.

hace 36 minutos
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  • Un pan difícil de digerir
  • Un pan difícil de digerir

Por Lina María Múnera G. - muneralina66@gmail.com

Ocurrió en el SoHo neoyorquino, ese rincón del mundo donde la realidad cotidiana se mide con una moneda distinta a la de los mortales comunes. Allí se inauguró RYE, una sofisticada panadería de herencia austriaca que vende un único tipo de pan, el de centeno tradicional. Pero no hay que engañarse, no se trata de un pan cualquiera para calmar el hambre del desayuno, sino de un bloque de kilo y medio, fermentado por veinticuatro horas y elaborado con una masa madre viva de cincuenta y siete años de rigurosa historia. ¿Su precio? Sesenta dólares. Un valor exorbitante que hace llevarse las manos a la cabeza, pero que en Manhattan provoca filas interminables de entusiastas dispuestos a pagar por el puro estatus de la exclusividad.

Lo fascinante de este fenómeno mediático no es el pan, cuya calidad técnica ha sido aplaudida por críticos de la revista Food & Wine como densa y compleja, sino el profundo abismo cultural que desnuda entre un lado y otro del Atántico. El habitante de la Gran Manzana se arroja en brazos de eso que llaman el factor neoyorquino y paga lo que le pidan por sentir que tiene acceso a un pedacito del lujo que ofrece esa ciudad. Mientras, el consumidor europeo considera el pan de centeno como un alimento austero, gris y nutritivo de la canasta básica. Para alemanes y austriacos, ver su rústica comida de todos los días empaquetada como un fetiche de lujo inalcanzable en Nueva York ha sido motivo de absoluto desconcierto y, por supuesto, de despiadadas burlas en las redes sociales.

La situación escaló tanto que la cadena alemana de supermercados de descuento Lidl vio la oportunidad perfecta para hacer una de las suyas. En una genial movida de picardía publicitaria, la famosa marca de tiendas baratas parqueó un camión justo frente a la puerta de la panadería neoyorquina con un letrero enorme que decía de forma contundente: “¿Sesenta dólares por un pan? En mi tienda cuesta 3.99”. La provocación pura, cargada de ese humor europeo tan pragmático y realista, dejó en clara evidencia el gran chiste de la economía moderna: el valor real de las cosas ya no depende de su costo de producción ni de sus ingredientes básicos, sino del relato aspiracional con el que hoy deciden venderlo al consumidor.

Chocan de frente dos visiones del mundo. El americano, con su eterna capacidad para convertir lo ordinario en un espectáculo de mercadeo y un símbolo de estatus, prefiere hacer de una simple tostada un evento social digno de compartir. Al otro lado, el europeo observa con escepticismo, defendiendo que lo esencial no debería perder su carácter democrático y popular.

Al final, lo que se hornea pacientemente en el SoHo es una reflexión sobre los propios apetitos contemporáneos. Se pagan sesenta dólares no por saciar el estómago físico, sino por alimentar la ilusión de pertenecer a un círculo selecto. Es una masa inflada por el mercadeo moderno, crujiente por fuera pero vacía por dentro. Un bocado delicioso, seguramente, pero que deja un sabor amargo. Un pan que, al pensar críticamente en el tiempo actual, resulta bien difícil de digerir de verdad.

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