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Seres monstruosos en el fin del mundo

Nos hemos convertido en unos seres monstruosos: apáticos, inhumanos, incapaces de hacer algo diferente a mirarnos en una pantalla donde sólo cabe una imagen: la nuestra.

hace 35 minutos
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  • Seres monstruosos en el fin del mundo
  • Seres monstruosos en el fin del mundo

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Lo que más me impactó la vez que vi a un hombre ahogarse en el mar no fueron los intentos desesperados de los socorristas por reanimarlo, ni la forma como se miraron minutos después confirmando que no había nada más para hacer, ni cuando se detuvieron y las hijas del ahogado intentaron seguir con la reanimación y nadie era capaz de decirles que pararan, que su padre ya estaba muerto. Lo que más me impactó tampoco fue ver ese cuerpo inerte extendido sobre la arena más de ocho horas pues estábamos en un lugar muy aislado y las autoridades se demoraron una eternidad en llegar a hacer el levantamiento del cadáver. Yo estaba sentada bajo un árbol a prudente distancia, incapaz de moverme, de hablar, de razonar, llorando a ese padre muerto como si fuera mío, porque lo era, porque yo siempre aprovecho los muertos ajenos para llorar a los propios. La playa entera estaba en silencio y, quizá por eso, se oían con tanta intensidad los gritos de euforia de los surfistas que seguían en el mismo lugar donde había ocurrido el accidente, remontando las olas y riendo a carcajadas cada vez que lo conseguían. De todo lo que viví aquel día, sin duda, eso fue lo que más me impactó: la incapacidad de ellos de ver, de verse en los demás, de empatizar con sus tragedias. El yoísmo, el egoísmo en su estado más puro.

Recordé lo anterior cuando en los pasados días circularon varios videos de Villa de Leyva ardiendo. En uno de ellos se veían las llamaradas que consumían las montañas y eran tan impresionantes que resultaba imposible no reparar en ellas al fondo de la imagen, sin embargo, un grupo de deportistas abarrotaba la plaza del pueblo y celebraba la terminación de la carrera y buscaba ángulos desde los cuales no se viera el incendio y el humo para poder tomarse fotos. La música a todo volumen, las sonrisas en sus caras, las medallas en el cuello porque qué importa el bosque, qué importan los animales, qué importan los árboles, qué importan los ríos, qué importan las montañas, qué importan los locales que perdieron sus casas, total yo ya me voy para la mía con mi foto y mi medalla a tomarme una ducha y alardear mi hazaña en redes sociales.

Una vez más, no me sorprende que haya incendios, ni que la mayoría de ellos sean causados por el ser humano. Ni siquiera me sorprende el desinterés de las autoridades por apagar las llamas, a cosas como esas estamos más que acostumbrados. Lo que me sorprende, de verdad, es comprobar que nos hemos convertido en unos seres monstruosos: apáticos, inhumanos, incapaces de hacer algo diferente a mirarnos en una pantalla donde sólo cabe una imagen: la nuestra. No tengo dudas de que el fin del mundo nos va agarrar contemplándonos en el espejo y comprando pendejadas por Temu.

La tragedia de Narciso no es haberse embelesado con su propia imagen, sino que haya dejado de ver al otro, de reconocerlo como un igual, de sufrir con su sufrimiento y alegrarse con su alegría. Narciso no se ahogó nunca en el agua, me temo que sigue dentro de nosotros, más vivo y más patético que nunca.

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