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Escapar del mundo

La proliferación de los therians debería servirnos para analizar lo que ocurre cuando un individuo deja de confiar en la humanidad.

hace 2 horas
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  • Escapar del mundo

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

No paro de verlos últimamente en las noticias. Cosas del algoritmo porque la verdad es que, en la vida real, jamás he visto a ninguno. Al principio pensé incluso que era una tomadera de pelo. Me refiero a los therians: personas que han decidido que su identidad ontológica no es humana, en palabras más sencillas, que sustentan su identidad en animales como perros, gatos, cocodrilos y, por lo tanto, se sienten con el derecho de actuar en consecuencia. Lo primero que sentí cuando supe sobre ellos fue risa, luego una tremenda curiosidad. Me hicieron recordar un bellísimo relato de Ítalo Calvino que cuenta la historia de un niño de doce años llamado Cósimo quien, tras discutir con sus padres porque no quiere comerse los caracoles que le han servido de cena, decide subirse a un árbol y no volver a bajar nunca más. Durante su vida arbórea vive increíbles aventuras que, a mis nueve años me inspiraron a hacer lo mismo, aunque en mi caso yo lo que quería era convertirme en pájaro. Pude hacer sido la precursora de los therians si no me hubiera aburrido media hora después de estar trepada en la rama más alta de un eucalipto inmenso. Tiempo más que suficiente para darme cuenta que pretender ser un pájaro no sólo era incómodo sino tremendamente aburrido porque yo sólo quería volar y comer chocolatinas y, dadas mis circunstancias, no podía hacer ni lo uno ni lo otro.

Tal vez el fenómeno therian deba leerse desde la necesidad de ciertos individuos de regresar a la animalidad para escapar de un mundo que se ha vuelto hipercomplejo y competitivo para los seres humanos. Visto así, el fenómeno no es chistoso, ni curioso, sino más bien profundamente triste. Ellos se identifican con animales porque les parece más fácil actuar por instinto que enfrentarse a los dilemas éticos y las angustias existenciales que supone ser humano. ¿Acaso ustedes no han deseado alguna vez convertirse en gato para hacer una siesta de cuatro horas interrumpida sólo por la necesidad de reacomodarse para dormir otras cuatro más? Yo sí, sobre todo últimamente que estoy durmiendo tan mal. Ya lo había advertido Freud en El malestar de la cultura: «La civilización no es solo la fuente de nuestro progreso y seguridad, sino también la causa principal de nuestra infelicidad». Es como una gran rueda de hamster: añoramos el progreso para ser más felices y, como no lo somos, entonces nos empeñamos en progresar más, sin darnos cuenta de que el precio es la propia autodestrucción.

La proliferación de los therians, más allá de producir memes y videos curiosos, debería servirnos para analizar lo que ocurre cuando un individuo deja de confiar en la humanidad como proyecto colectivo y cuando las instituciones políticas, religiosas y comunitarias dejan de ofrecerle bases sólidas. En eso se parecen a los ermitaños, las sectas, los adolescentes que no salen del cuarto, incluso de Cósimo allá arriba en su árbol, todos buscan lo mismo y es escapar.

A veces veo las noticias y pienso que debí seguir el instinto de mi yo de nueve años, que debí haberme convertido en pájaro, eso sí, en uno que volara de verdad y que pudiera empacharse de chocolatinas.

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