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En el sueño pasaron millones de años y, cuando entendí que podría seguir así otros millones más, sentí una aburrición tremenda.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
Cuando Anne Rice escribió Entrevista con el vampiro estaba lidiando con la muerte de su hijo de cinco años. No es de extrañar que Louise, el personaje vampiresco de la novela, deje ver su arrepentimiento por haber elegido la inmortalidad: «Es una condena al aburrimiento y al dolor repetido», dice. Imagino a Rice proyectándose en ese personaje, pensando en que vivir eternamente tan sólo haría que el dolor causado por la pérdida de su hijo no cesara nunca. Existen otras razones para rechazar la vida eterna: «Si tienes todo el tiempo del mundo, la urgencia desaparece», escribió Borges en El Inmortal. Una de las razones por las cuales viajamos, creamos, subimos montañas y contemplamos atardeceres es por la certeza de que algún día ya no podremos volver a hacerlo. Pienso en Dorian Gray y en Drácula, ambos obtuvieron la inmortalidad pagando un alto precio. Si en esta vida no hay nada gratis, pues resulta que en la otra tampoco.
Hace poco tuve la oportunidad de hablar con Javier Cercas sobre El loco de Dios en el fin del mundo. El libro relata la experiencia que lo llevó a estar cara a cara con el Papa Francisco para preguntarle si la promesa del catolicismo era real y existía una vida eterna; un más allá en donde su madre podría volver a ver a su esposo fallecido. Conversamos sobre el hecho de que muchas religiones ofrezcan la misma promesa y sobre las razones por las cuales la idea del más allá es deseable para tanta gente. Cercas no es creyente pero, como buen gozón de la vida, acepta que la idea lo seduce. Yo, en cambio, soy más del tipo vampiro arrepentido: no se me ocurre un plan más tedioso. Siempre me ha parecido que la inmortalidad es mucho tiempo.
A veces ocurre que tengo sueños lúcidos, es decir, sueños en los cuales soy consciente de estar soñando y, por lo tanto, soy capaz de dirigir a mi antojo la trama. Hace poco iba volando hacia una estrella antigua y lejana y, al llegar, me hice lúcida y decidí que, en vez de visitar la estrella, yo quería convertirme en ella. Entonces lo hice y obtuve un conocimiento absoluto del universo, una especie de certeza de conocer las respuestas de todas las preguntas. En el sueño pasaron millones de años y, cuando entendí que podría seguir así otros millones más, sentí una aburrición tremenda. No había nada más qué ver y nada más que aprender porque ya lo había visto y aprendido todo. Me desperté con una mezcla de cansancio mental y emoción por haber experimentado la sabiduría absoluta, aunque, cuando tomé mi diario de sueños para apuntarla, no me acordaba de nada. El cansancio se quedó conmigo y, junto a él, la certeza de que la inmortalidad no es un superpoder sino una trampa existencial. A los que desean la vida eterna les dejo esta frase de Jenny Offill que recién leí en su novela Clima: «Hay gente que desea la inmortalidad, pero no es capaz de esperarse diez minutos a que les sirvan una taza de café». Nunca antes mejor dicho.