Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Quizá eso es lo que nos está ocurriendo. Que estamos aburridos. Que ya no sabemos vivir sin tener por delante mil cosas por las cuales preocuparnos.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
Puede ser porque el karma existe. O porque yo estaba muy joven, tanto como para no haber caído en cuenta de que también me iba a pasar. O porque, al final, es verdad eso de que los seres humanos, siendo tan diferentes, somos tan iguales. El caso es que por mucho tiempo me burlé de los hombres porque, a partir de cierta edad, sólo hablaban de las tres p: próstata, pensión, política. Y heme aquí, discutiendo con mis amigas sobre cómo y cuándo vamos a pensionarnos. Por supuesto nos preguntamos sobre los respectivos insomnios, niebla mental, bajones hormonales y sus consabidas alteraciones del ánimo. En cada charla surgen síntomas adicionales que ni siquiera sabíamos que eran síntomas y que, a partir del momento en que alguna los menciona, las demás comenzamos a experimentar.
El algoritmo nos tiene locas haciéndonos creer que necesitamos suplementar magnesio, calcio, hierro, vitamina D, colágeno y un montón de cosas impronunciables que la gente antes no suplementaba. Un día le pregunté a la mamá a qué edad había tenido la menopausia y qué síntomas la habían aquejado. Su respuesta me dejó estupefacta: «Yo ni siquiera me di cuenta cuando ocurrió». Se lo comenté a mis amigas quienes, a su vez, trasladaron la misma pregunta a sus mamás. La que más síntomas relató habló de los sofocos. ¿Cómo es posible que a nosotras nos aquejen tantas cosas y a nuestras mamás tan pocas? Algo similar ocurre con la alimentación. Hoy se ha vuelto dificilísimo comer y, junto al pan, hay un montón de alimentos satanizados. No estoy dispuesta a renunciar a semejante manjar, en particular cuando está recién horneado y se come arañándolo directamente de la bolsa. Del skincare ni hablemos. La mamá nunca se ha echado nada y tiene mejor piel que yo.
Creo que la diferencia perceptual entre el ayer y el hoy se debe a que antes había menos información y hoy, en cambio, tenemos demasiada. Tanta, que es imposible gestionarla sin volverse paranoico. Habría que encontrar un punto medio porque, sinceramente, creo que se nos está yendo la mano. Nos volvimos expertos en complicarnos la existencia, como si no hubiera suficientes complicaciones en el mundo.
En La caída, Albert Camus relata la historia de un hombre que se involucró durante veinte años con una mala mujer que no hizo sino enredarle la vida. Hasta que una noche se dio cuenta de que, en realidad, nunca la había amado. «Lo que ocurría —escribe Camus— es que se aburría; eso era todo. Se aburría como la mayor parte de la gente. Entonces se había creado, a toda costa, una vida de complicaciones y de dramas».
Quizá eso es lo que nos está ocurriendo. Que estamos aburridos. Que ya no sabemos vivir sin tener por delante mil cosas por las cuales preocuparnos. Y si no las tenemos, nos las inventamos porque cualquier cosa menos vivir con calma y lentitud. A mí todo esto me tiene pensativa y cansada. Yo no quiero tanto coach ni tanto gurú autoproclamado saturándome de información. Yo sólo quiero volver a dormir bien y seguir comiendo pan con tranquilidad. Y como la mamá, envejecer sin suplementos ni cremas ni dramas. Tampoco pido tanto.