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Todos tenemos nuestras mañas. Algunos más que otros. Una de las mías es detestar con ahínco, incluso aceptando que yo mismo lo hago de vez en cuando, esas columnas de opinión dedicadas a contar con detalle una anécdota que, al carecer de la conexión con la realidad o con la vida cotidiana, para llevarnos de lo particular a lo general y por lo tanto a la reflexión pública y pertinente, se convierten en pasajes intrascendentes que sólo le importan a quien los escribió. Son las que llamo “columnas querido diario”.
No pude dejar de pensar en ese odio a esas columnas indignas de su nombre, después de ver Amarga Navidad, la última película de Pedro Almodóvar, estrenada en Colombia el jueves pasado, porque el director manchego, creador de un universo arrebolado e intenso que los cinéfilos reconocemos viendo apenas un par de planos, ha caído en una “película querido diario”, que puede ser interesante de ver para los que somos fanáticos de su cinematografía y admiradores de su vida, pero que no atraerá a nuevos espectadores a una obra que no deberían juzgar basados sólo en esta pieza.
Igual que ocurrió en Dolor y gloria hace siete años, Pedro Almodóvar ha decidido aparecer él mismo como personaje en su historia, sin hacer demasiados esfuerzos por ocultarlo, bajo el nombre de Raúl Rossetti (¿pensando tal vez en Dante Gabriel Rossetti, creador múltiple y en varios frentes estéticos, como Pedro últimamente?) y la piel de Leonardo Sbaraglia, quien está dándole los últimos toques a un guion donde su alter ego es una directora, Elsa, transitando con dificultad un momento de separación en su vida, en que la voz de Chavela Vargas cantando el bolero que le presta su título a la película será el disparador de muchas cosas. Un juego de muñecas rusas que termina con el propio Raúl/Pedro delante de nosotros, quejándose de una vida cada vez más solitaria y de su incapacidad de sentirse vivo si no está trabajando.
La gran diferencia es que el conflicto en Dolor y gloria era universal y por lo tanto lograba la identificación de todos con él. Sentíamos su dolor porque podía ser el nuestro, ante la decadencia de la vejez o el miedo que produce la enfermedad. En cambio acá la gran discusión es qué tanta traición hay en el uso que los creadores hacen de las vidas de quienes le rodean, uno de esos problemas que sólo tienen ciertos privilegiados. Almodóvar puede recrearlo con toda la belleza de la que es capaz (y lo hace) él y su diseñador de producción, Antxón Gómez, y su directora de arte, Isabel Peinado, y arrobarnos con la belleza de la partitura que escribe Alberto Iglesias, pero no logra acercarnos a la trama porque termina dejando la historia a un lado para concentrarse en la reflexión, a través de unos diálogos que no hacen ni el más mínimo intento para no sonar ostentosos y ensayados.
Almodovariano es un adjetivo que no está en el diccionario pero que todos entendemos, porque implica melodrama y humor y dosis de candor y de tragedia propias de las novelas románticas. Sin el adjetivo, en Amarga Navidad sólo quedan las mañas del creador. Y no son suficiente.