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Cómo matar un guion. “Jugada maestra”, de John Patton Ford

hace 1 hora
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  • Cómo matar un guion. “Jugada maestra”, de John Patton Ford
  • Cómo matar un guion. “Jugada maestra”, de John Patton Ford

Si hacemos caso a lo que narra “Jugada maestra”, de John Patton Ford, es mucho más fácil asesinar a siete parientes millonarios que definir una de las cualidades menos explicables de la narración audiovisual: el tono.

El tono en el cine es algo que se percibe más que algo que se vea o se escuche, a pesar de que la palabra, al menos en español, podríamos definirla como una mezcla entre tonalidad pictórica refiriéndose al color de algo (y ahí es cuando hablamos de tramas oscuras o de lo luminoso que puede ser un personaje) y tonalidad musical, para describir que los elementos de una historia te parece que resuenan en armonía o cuando sientes que todos los personajes y las tramas se mueven al mismo ritmo.

Ese elemento inasible entonces, el tono, es lo que no funciona nunca en “Jugada maestra” y lo que hace que esta historia, una reinvención de “Kind hearts of coronets”, aquella deliciosa y negrísima comedia inglesa de 1949 en que Alec Guinness interpretaba a todos los miembros de una familia que alguien intentaba asesinar, nunca termine de despegar. Es como si su director y guionista no supiera jamás qué tipo de historia prefiere contar. ¿Es una comedia? Entonces haz que los asesinatos que planea y ejecuta Becket Redfellow para acceder a la herencia a la que tiene derecho, causen risa. O permíteles a tus actores que se vayan más hacia la exageración. O logra que la gracia la den las palabras imitando los diálogos punzantes, si no de Billy Wilder, al menos de Richard Curtis. Ahora bien, ¿es un thriller lo que me estás presentando? Entonces monta situaciones para que los espectadores creamos que algo puede salir mal en el plan de Becket. O si la idea es un noir contemporáneo, pídele a Margaret Qualley que tome esos vestidos Chanel que le quedan tan bonitos y se la juegue por hacer de verdad de mujer fatal. Haz algo, que para eso eres el director.

Hay una escena promediando la cinta, donde vislumbramos lo que pudo haber sido “Jugada maestra”. En ella se burlan de un estereotipo reconocible y deleznable: el joven millonario que se escuda en ser “un artista real” (el Basquiat blanco, se atreve a afirmar) para no aceptar su absoluta ignorancia y falta de sensibilidad. Becket debe matarlo pero en el proceso conoce a Ruth, de quien se enamora. En unos pocos segundos Glen Powell y Jessica Henwick alcanzan a ilusionarnos con que la película se recuperaría, pero el director parece no entenderlo y rápidamente volvemos a la actuación facilona de Powell y a que releguen a Ruth a ser un personaje con un final insípido y desconcertante. Es así, señoras y señores, sin lograr nunca el tono apropiado, como se mata un guion.

Ni siquiera Bill Camp, quien se ha convertido en experto en actuar infartos, logra darle algo de vida a esta película sin alma, que se va desinflando hasta un final que pretende ser irónico y apenas es impertinente. ¿Qué los ricos se salen con la suya? No se necesitaban siete muertos para saberlo. Bastaba con estar a tono con los tiempos que corren.

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