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El alma de la Tierra
Crítico

Gustavo Arango

Publicado el 29 de noviembre de 2015

El alma de la Tierra

La anécdota es sencilla, y es bueno que sea así porque el misterio habita en cada párrafo. Al oído de la cordillera (Fondo Editorial Eafit), de Ignacio Piedrahita, cuenta la historia de un hombre que ha decidido irse de aquí a la Patagonia. Suponemos que no es muy joven ni muy viejo. Ha dejado el valle donde vive, con la intención de recorrer la cordillera de los Andes. Es casado y su esposa entiende que quiera hacer ese viaje; ignoran quiénes serán cuando él regrese. Sabemos que el hombre es geólogo, pero que su llamado más íntimo es la literatura. A su profesión le debemos el entendimiento de las sutilezas del terreno; a su llamado, la nitidez con que nos muestra el alma de su aventura.

Ya en el primer capítulo sabemos que el viaje no es como los demás. Aquí no habrá velocidad ni situaciones dramáticas, es un libro “sin política y sin desgracia”. Un derrumbe detiene el bus y la espera, que para muchos es tediosa, le permite al viajero explorar las montañas y ríos que está a punto de dejar. En ese recorrido lo acompaña una turista extranjera que viaja a otro ritmo. Los une el paisaje; coinciden en el tiempo muerto de la espera. Más tarde se separan sin escenas: ella se queda en Cali y él sigue para Ipiales, después pasará a Quito.

El viajero es un hombre sin pretensiones que tiene algo de místico. Acepta sin queja cualquier incomodidad. Guarda con él un secreto que nos obliga a acompañarlo en su peregrinaje por desiertos y lagos, por cavernas y glaciares. No es sociable en exceso; es un contemplativo. Se alegra con mesura y por igual con cada piedra y cada ser humano que encuentra en el camino. Los niños lo buscan. Sabe que la mayoría de los adultos ha perdido la imaginación que se requiere para apreciar los rasgos de la Tierra, sus rocas y arcillas. “Sólo un espíritu infantil puede tocar con todos los sentidos y con el corazón al mismo tiempo”.

Hace casi setenta años, García Márquez y sus amigos literatos publicaron en El Universal un manifiesto en que decían que la literatura debía “romper con el paisaje”. En aquel tiempo, su pedido tal vez era legítimo. El éxito de María, del geólogo y literato Jorge Isaacs, había traído como consecuencia una avalancha de novelas cuyos paisajes empezaban a parecer decorados de cartón, lugares comunes sin fondo y sin sustancia. Pero quizá la ruptura con el paisaje fue demasiado radical y ya iba siendo hora de que otro geólogo nos enseñara de nuevo a apreciar ese lenguaje milenario del que formamos parte.

El libro de Piedrahíta (y hay apellidos que parecen señales del destino) es como esas películas lentas que nos invitan a recuperar la sensibilidad perdida por culpa de las prisas. Una vez hemos entrado en su ritmo, los lectores sabemos que debemos mirar de verdad –con el corazón y los sentid os– el agua de aquel lago, las capas geológicas o ese grano de arena, las piedras blandas o la flor mineral que la chica del beso le regaló al viajero; porque, de no hacerlo, nos habremos perdido lo más importante.

Al final de un viaje delicioso en el que nos acompañan diversos personajes: Pitágoras, Humboldt, Steno –el converso de la geología al catolicismo–, el intrépido Francisco Moreno, Magallanes y hasta el poeta Robert Frost, la narración parece dictada por la cordillera misma, que se diluye en islotes. Una visión que se reserva al que haya hecho el recorrido nos recuerda que cada uno de nosotros es un cúmulo de piedras y que estamos de regreso al alma de la Tierra.

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