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En el país de los monstruos
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 29 de agosto de 2020

En el país de los monstruos

En los cuentos de H. P. Lovecraft, el interior de los Estados Unidos es sombrío e inexpugnable. En los pueblos dejados de la mano de Dios de la América profunda todas las condiciones están dadas para que tengan lugar sucesos ultraterrenos cuyos protagonistas se ven sometidos a fuerzas y presencias cataclísmicas. En montañas escarpadas cuyas depresiones y simas expelen humores deletéreos, en bosques suspendidos en un silencio inverosímil, en valles de los que se ven cuantiosas bandadas de aves levantar vuelo, espantadas por el súbito alarido de algún ser vengativo y hambriento; en ruinas de pueblos que fueron sucumbiendo a una putrefacción venida de otro mundo, en villas marchitas que han estado sometidas durante generaciones al influjo de alguna maldición suceden las tramas de horror cósmico de este escritor blanco de Providence. Y aunque sus entidades tienen una constitución que haría imposible verlos como alegoría de la monstruosidad humana, tienen la forma de nuestros terrores más arraigados.

Las criaturas de Lovecraft suelen ser visitantes de otras dimensiones, pero no son forasteros en este mundo, son sus antiguos herederos y cuando aparecen solo reclaman lo que les pertenece, como quien vuelve a ocupar una casa por mucho tiempo abandonada y debe primero aniquilar a las plagas. No hay modo de ahuyentar a esos forasteros interdimensionales de Lovecraft, pues más que invasores, son nativos de un territorio en el que las raíces humanas no han alcanzado tanta profundidad como las suyas.

Su complexión tentacular nos espanta, pero quizás nuestra anatomía lampiña, bípeda y pobre de extremidades les cause a ellos un asco que solo se puede contrarrestar aplastándonos.

En la nueva serie de HBO, Lovecraft Country, podemos hacer una rápida excursión al país de esos monstruos, guiados por Atticus Freeman, Leti Lewis y George Freeman, negros cometiendo la afrenta de volver a los territorios confederados, todavía poblados por hombres ávidos de colgar y quemar a los que antes eran sus esclavos. Estamos en los años cincuenta.

Atticus regresa de la guerra de Corea para buscar a su padre, desaparecido en lo profundo de esas montañas que en los cuentos de Lovecraft son el hábitat de todo tipo de criaturas antropófagas. El joven soldado quiere resolver el misterio y suma en su excursión a Leti Lewis, marginada, activista, capaz de cantar con esa voz incendiada de las negras que ahogan cualquier hoguera cercana. El tío George es un viajero que en cada itinerario arriesga el pellejo, pues su trabajo es visitar pueblos, hoteles, balnearios, restaurantes y otros parajes que sean seguros para la gente negra.

Al parecer, la mayoría de las veces no encuentra tanta seguridad como quisiera incluir en su guía.

En este nuevo viaje que empieza con el primer episodio de la serie los peligros son mayores, pues comprobarán que ciertos hombres sencillamente no se acoplan al concepto de monstruosidad, se precisarían nuevos tipos de palabras para definir con exactitud su verdadera esencia abominable.

El conflicto racial no se matiza en la historia. Misha Green y Jordan Peele parecen empecinados en convertir sus historias en oponentes dignas de ese racismo que se pasea con impunidad sobre las espaldas abaleadas de sus compatriotas afroamericanos. La gran virtud de estos creadores es que no caen en el facilismo de convertir sus tramas en manifiestos políticos, simplemente toman lo que ya se sabe del contexto -la segregación, el intolerante sur, la ignorancia redneck- para mostrar que la cultura blanca americana basa sus cimientos en el miedo, el dinero y las papas fritas; y además lo hacen todo sobre el armazón de lo fantástico, logrando una cautivadora combinación pues quienes en las noticias son cosidos a bala y arrestados sin causa, en la ficción ocupan ese rol heroico que se necesita para que las nuevas generaciones mantengan el ánimo de ver arder el mundo que los rechaza.

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