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Periodista y editor de textos
Preguntan los lectores
Fernando López. Don Quijote de la Mancha. Por segunda vez termino de leer este, absolutamente espectacular libro, y, si el Todopoderoso me regala unos años más, casi seguro lo leeré por tercera, y no sé si cuarta. La considero una superinversión de tiempo en tan maravilloso ejercicio.
1. La preposición de no la vi, en mi absoluta ignorancia, correctamente utilizada algunas veces. Ejemplo, en la página 681 de la edición del IV centenario, de la Real Academia Española, leo: “... porque tengo determinado de volver a servir...”.
2. Algunas veces, después de y la palabra siguiente empieza por i. No sé si esto es propio del idioma “castellano” usado en aquella época o si hay algún error. Algunos ejemplos de ello: “y hijos”; “y iré...”; “y imaginan”.
Don Fernando, que lo lea cien veces más. El Quijote cada día suena mejor, como los tangos de Gardel. Yo he sido un lector de fragmentos de El Quijote, confieso. Nunca lo he leído de la primera página hasta la última. Y no sé por qué. Pero es un pecado que quiero seguir cometiendo por ahora: abrir una página al azar y quedarme ahí saboreando ese castellano lleno de delicias.
Porque, en efecto, más adecuado resulta llamarlo castellano para respetar el curso de la historia: dos nombres, un idioma. Hace unas semanas conversamos sobre los nombres de nuestro idioma. En tiempos de Cervantes era castellano. Pocos años después, el nombre español ganaría un lugar porque los reyes querían crear un sentido de nación en una península que, entre otras diferencias de índole cultural, hablaba varias lenguas, y aún hoy lo hace.
El castellano de aquella época es comprensible para nosotros: lo podemos entender con paciencia y un diccionario de antigüedades, porque alguna palabra muerta (aunque las palabras nunca mueren del todo) nos encontraremos o una palabra viva aún que entonces tenía otro significado. Por ejemplo, nocumento, que significa “daño o perjuicio”. Escribió fray Bartolomé de las Casas: “... que si algunos defectos nocumentos y males se padecen en ellas...”. Para nuestra fortuna, la RAE hoy nos regala muchos diccionarios viejos alojados en su página. Una que aún vive, pero entonces tenía otro significado, extraño para nosotros: cuidar equivalía a pensar. No hallé el fragmento, pero Cervantes, si no me falla la memoria, escribió por ahí “yo cuido que” en vez de “yo pienso que”.
Entonces, ese castellano era diferente al nuestro, pero lo comprendemos con calma, no con la facilidad con la que hoy interpretamos un wasap.
Los fenómenos que describe don Fernando son frecuentes y de ningún modo constituyen “errores”. Ese uso de la preposición de, tan raro para nosotros, era más normal que comer sentado: Bernal Díaz del Castillo, un soldado español que terminó narrando la historia de la conquista española de México, y que llegó en el combo de Cortés y conoció a Montezuma, escribió: “... y acordamos de nos volver a Cuba”. Hoy decimos “Acordamos volver a Cuba”.