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La historia de la canción que acompaña las marchas
Crítico

Diego Londoño

Publicado el 04 de diciembre de 2019

La historia de la canción que acompaña las marchas

En los años ochenta, en Chile, nació una canción generacional y política que se convirtió en himno, en banda sonora para fiestas y conciertos, y que muchos años después se reafirmó en la memoria y eternidad, para seguir narrando las mismas situaciones y movilizando de la misma manera. El curioso tema musical tiene el ladrido de un perro que acompaña de manera divertida el drama del desempleo vivido por muchos jóvenes en Chile a principios y mediados de los años 80.

“Únanse al baile de los que sobran, nadie nos va a echar de más, nadie nos quiso ayudar de verdad. Nos dijeron cuando chicos jueguen a estudiar, los hombres son hermanos y juntos deben trabajar...Ellos pedían esfuerzo, ellos pedían dedicación ¿Y para qué? Para terminar bailando y pateando piedras”.

Los Prisioneros son los artífices de esta banda sonora juvenil de la represión y el hastío, la canción fue compuesta por Jorge González e incluida en el disco Pateando Piedras del año 1986, y es, indudablemente, una de las más emblemáticas de la música popular chilena de los años ochenta, no solo del rock, sino que gracias a esa representatividad que ejerció en su momento, se metió con honores y aplausos en el cancionero latinoamericano.

Su letra ilustra de manera amarga y desesperanzada las diferencias de clases existentes entre la juventud chilena, mucho antes de que en Chile se incorporara al debate público el problema de la mala distribución del ingreso. Y fue así que esta banda de jovencitos irreverentes, sin miedo y armados de valor y de instrumentos musicales, describieron de un modo dolorosamente certero y viral lo que era pasar doce años en un colegio, para luego egresar a la vida real y no tener nada qué hacer.

“Oías los consejos, los ojos en el profesor

Había tanto sol sobre las cabezas

Y no fue tan verdad

Porque esos juegos, al final

Terminaron para otros en laureles y futuros

y dejaron a mis amigos

pateando piedras”.

Y ese pateando piedras era simplemente salir a la calle a patear piedras, porque no había nada más que hacer que eso, deambular, pensar en una vida mejor o caminar buscando aventuras por las calles, ya que empleo ni oportunidades habían.

Sin buscarlo, Los Prisioneros se convirtieron en un símbolo de lucha contra la represión militar y su mensaje reivindicativo que atravesó edades y segmentos sociales. A medida que se acercaba el plebiscito de 1988, su música comenzó a verse afectada por la censura, endurecida luego de que el grupo declarara públicamente su adhesión a la opción del No.

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