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La mirada oblicua. Los que se quedan, de Alexander Payne

26 de febrero de 2024
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“No es fácil ver a un hombre desdichado por no haberse detenido a pensar qué ocurre en el alma del otro”.

Del libro II de las “Meditaciones”, de Marco Aurelio

Si pensamos que el emperador romano escribió el epígrafe de este texto hace más de 1800 años tendríamos que aceptar que los hombres no hemos cambiado ni progresado tanto como creemos: no es la compasión uno de nuestros rasgos más populares. “No hay nada nuevo en la vivencia humana”, le dice el profesor Hunham, conocido como “El bizco” por todos sus alumnos en Barton, la escuela para muchachos de familias aristocráticas y de clase alta donde enseña Historia, al estudiante que lo acompaña en esa visita a un museo de Boston, el joven Angus Tully. Ambos han terminado compartiendo la Navidad de 1970, primero con un pequeño grupo de compañeros de Tully a quienes sus padres casi que abandonaron durante las vacaciones y ahora únicamente con la señora Lamb, la jefa de cocina de la escuela, quien carga con su propia pena, pues su único hijo ha muerto en Vietnam.

Alexander Payne, el director de “Los que se quedan”, quien ha probado a lo largo de su carrera que es capaz de abrazarnos con sus historias (piensen en “Entre copas” o en “Nebraska”) y que tiene ese poder de observación que le permite construir personajes que siempre se parecen a alguien que conocemos, ha filmado un nuevo clásico decembrino, con la misma potencia emocional de las cintas de Frank Capra pero con un desencanto vital y una melancolía que son su marca personal y que nos recuerdan más a ese cine estadounidense de los setenta que tanto admira.

Era casi necesario que una película cuyo tema más importante es la compasión transcurriera en Navidad. Es la época en que todo conspira para que utilicemos el tiempo en esa tarea tan rara en días normales: pensar en el bienestar de los otros. No con la falsa amabilidad de la caridad sino con el sincero interés de los que saben que para muchos la vida ya es “como la rampa de un gallinero”; con la empatía del que sufre en silencio y entiende que dolores como el suyo pueblan el mundo. Juntos por las circunstancias y por la magia de un guion extraordinario de David Hemingson, Mary, Paul y Angus se convertirán por unas semanas en la familia que ninguno de los tres tiene a mano. Se reirán y discutirán y harán lo mejor que puedan para sobrevivir a la tristeza. Estarán ahí para el otro, que es tal vez la mejor definición posible de amistad.

Cada escena funciona gracias al talento inmenso de sus actores. El joven Dominic Sessa, que apenas comienza su carrera como actor, encarna a ese joven petulante e inseguro, que alguna vez fuimos. Da’Vine Joy Randolph, que ganará el Óscar por su papel, llena de humanidad hasta la más pequeña de sus apariciones. Y Paul Giamatti, con ese ojo que no nos mira, metáfora concreta del que ve la vida con ironía, es todos los hombres que han perdido una batalla pero continúan peleando. Hombres buenos e insobornables que han hecho de este mundo un lugar menos doloroso.

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