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La vida de los otros
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 18 de abril de 2020

La vida de los otros

En las últimas semanas, la miniserie Poco Ortodoxa está siendo tendencia en Netflix. La imagen promocional en la plataforma es el rostro de una muchacha afligida a quien le están rasurando la cabeza. El flagelo capilar recuerda esa escena de V de Venganza en la que despojan a Natalie Portman de su hermoso cabello. Y aunque la segunda historia es una distopía basada en un cómic, la primera no se aleja mucho en cuanto a su espíritu pues la trama muestra cómo una adolescente intenta probar algo de la libertad que nunca ha tenido entre los judíos ultraortodoxa de Nueva York.

Las leyes que rigen esta comunidad siguen al pie de la letra la Torá, viven como vivieron los judíos que conocieron de Moisés las leyes escritas por Dios en piedra sólida. Las mujeres reciben poca educación, tienen prohibido leer las escrituras, no pueden cantar en público; una vez contraen matrimonio, deben rasurarse la cabeza y no volver a mostrar jamás su cabello en público, si tienen la menstruación no pueden compartir el lecho con sus esposos, no pueden trabajar y estas son solo algunas de las normas más evidentes en los episodios de la miniserie. Seguramente las normas de esa religión tienen una complejidad mayor para la cual las pocas líneas de este comentario no son suficientes. Y es quizá esa misma insuficiencia la que se plasma en los cuatro episodios en los que se cuenta la historia de Esther Shapiro.

Esther o Esty es una típica chica judía en Williamsburg, Nueva York. Al parecer su madre la abandonó, lo que ya la marca con un estigma a los ojos de las demás familias. Cuando se casa, a los 18 años, imagina que su vida ideal será enamorarse de su esposo, a quien apenas conoce, y concebir una cantidad de hijos determinada por la voluntad de Dios, al fin y al cabo, el holocausto nazi le robó más de seis millones de vidas a su pueblo y de algún modo hay que recuperarlas. Pero Esty también tiene otros horizontes que quiere explorar. Furtivamente ha estado recibiendo clases de piano y cuando entiende que el matrimonio no es su propósito en la vida, decide fugarse a Berlín, donde vive su madre y donde quizás podría seguir con sus estudios musicales.

La serie se compone entonces de estos dos relatos. La fuga de una joven oprimida y la vida cotidiana en un mundo que a ojos de cualquiera de nosotros parece anacrónica, bárbara, indudablemente machista.

Pero esa inmersión en el mundo ultraortodoxo judío no parece tan profunda en cuanto que todas las personas de la comunidad, a excepción de Esty, están retratadas de manera tendenciosa, no hay matices, en la trama Esty es lo blanco y los demás son lo negro. Ni siquiera su ingenuo esposo escapa de esta polarización facilista, aunque al final intenta, en vano, comprender las aspiraciones de su mujer fugitiva.

Por supuesto, no se trata de disculpar o justificar la opresión que algunas comunidades religiosas ejercen sobre las libertades de sus miembros, especialmente sobre las mujeres. Sin embargo, Poco Ortodoxa solo araña la superficie de una realidad deslumbrando con el exotismo de una comunidad desconocida para las audiencias de Netflix. La estrategia promocional revela este interés: ¡la primera producción rodada en yiddish! Se proclama como si esto estuviera reivindicando realmente los valores culturales e históricos de los judíos.

La miniserie es la adaptación de las memorias de Deborah Feldman y esto parece ser un salvoconducto para perdonar esa visión reduccionista contenida en la trama. No se puede negar que los episodios atrapan, que las tribulaciones de Esty se siguen con emoción, que es interesante dar un vistazo a la intimidad de una sociedad tan hermética, que se distinguen elementos de denuncia importantes que hoy más que nunca deben hacerse visibles, pero en el fondo la serie que intenta reivindicar el derecho a pensar distinto no hace nada por romper los estereotipos que son la fuente inicial del daño.

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