Pico y Placa Medellín
viernes
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La semana pasada se celebró el Cosquín Rock en la provincia de Córdoba, Argentina. Para quienes estuvieron allí, fue un fin de semana que ya quedó en la memoria.
El cartel fue una constelación difícil de repetir: Babasónicos, Devendra Banhart, My Chemical Brothers, Los Espíritus, Los Pericos, El Cuarteto de Nos, Franz Ferdinand, Fito Páez, Divididos, Airbag, Trueno, León Gieco, Hermanos Gutiérrez, Ciro y Los Persas, Bandalos Chinos y muchos más. Un listado capaz de desvelar a cualquier amante de la música.
Pero lo traigo a colación por un instante preciso.
En medio de su presentación, Fito Páez dejó el piano. Se paró frente al micrófono con un abrigo blanco y pantalones negros. Sacudió su melena atravesada por canas y miró ese océano de gente que había llegado a presenciar su ritual. Dijo:
“Uno ha visto todo, o casi todo. Y hay algo muy hermoso, ¿sabés? Cuando vienen las canas, pasa el tiempo, tus hijos crecen, ves pasar a este, al otro... hay algo muy hermoso entre tanto barullo, tanta pantalla y tanta mierda.
Es que me siento muy orgulloso de ser parte, de ser un pequeño eslabón en la cadena genética de la belleza de la música argentina.
Y eso... eso es mundial, man. Eso es algo muy hermoso que se hizo acá”.
Escuché esas palabras mientras manejaba. Era un reel de una emisora argentina que apareció sin aviso en mi celular. Me orillé en una bahía para verlo con atención: necesitaba mirar su rostro, descifrar su gesto, escuchar el aplauso, entender el peso de lo que acababa de decir.
En cuarenta segundos Fito expresó una inquietud que me acompaña desde hace años. En cuarenta segundos nombró aquello que he intentado hacer al contar la historia de músicos, discos, conciertos y canciones en Colombia. Ese orgullo que deberíamos sentir por nuestra tierra y por quienes la han narrado con acordes. Lo dijo sin titubeos y dejó flotando una certeza.
Somos parte de algo.
En nuestro caso, de una historia musical vasta y luminosa. Un tesoro que suena en el aire, que nos acompaña en la fiesta y en la derrota, que explica nuestras montañas y nuestros ríos, que traduce la guerra y también la esperanza. Décadas de mestizaje, de industria y resistencia, de crónicas cantadas, de ritmos inagotables, de instrumentos que han sabido decir lo que a veces no sabemos cómo pronunciar.
Todos estamos ahí: los que crean y los que escuchamos.
Por eso celebro las palabras de Fito Páez. Las celebro desde este territorio donde soy feliz: Colombia. Y celebro la vida de tantos compositores, arreglistas, intérpretes, productores y cronistas que han dejado el corazón en canciones.
Que viva la música colombiana.