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Juan David Villa

Periodista y editor de textos

Ortografía para todos: Nadie habla mal su propio idioma

03 de junio de 2026
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  • Ortografía para todos: Nadie habla mal su propio idioma

Sí, a pesar de la obsesión que cunde con respecto a la corrección idiomática, estoy convencido de que nadie habla mal su propio idioma. Nos equivocamos, y mucho, cuando tratamos de farfullar en una lengua ajena, una lengua diferente a aquella que aprendimos en el hogar. En ese intento nos equivocamos en la pronunciación, porque tenemos que articular sonidos diferentes a los propios de nuestra lengua. Esos sonidos que aprendemos “después de viejos”, como la lora que ya no aprende a hablar, los articulamos con esfuerzo y luego de años de estudio y práctica, en tanto que los sonidos propios van saliendo como música, en armonía.

Cuando hablamos una lengua ajena fácilmente nos falla la conjugación, y terminamos usando verbos en estados que el hablante de aquella lengua entiende con esfuerzo, y hasta se burlará, como nosotros nos burlamos del gringo cuando intenta articular, por ejemplo, el fonema que representa a la consonante R o conjugar el verbo responder.

Cuando hablamos una lengua foránea, se nos escapan las palabras con las cuales nombramos el mundo. Y nos vemos en la obligación de preguntar “¿cómo se dice...?”.

En lengua extranjera difícilmente podemos describir aquellos sentimientos sublimes y profundos, y a duras penas pedimos una dirección o un plato de comida, saludamos o nos despedimos.

Pero el idioma propio, el del hogar, siempre nos saldrá armonioso y perfecto. Nadie habla mal su propio idioma, porque el idioma propio es un inexpugnable regalo de la divinidad, una facultad genética que dominamos perfectamente desde los tres años de edad. En tres años lo dominamos, mientras que la lengua extranjera nos cuesta años de estudios en una academia o de sacrificio en una tierra lejana.

Ahora bien, dirán ustedes, aquel que dice, pongamos, “haiga” está hablando mal su idioma, lo está maltratando. La forma como cada quien usa su idioma depende de su contexto, del espacio social en el cual forjó su intelecto. El campesino que dice “haiga” está usando el idioma perfectamente, tan perfectamente como aquel que hizo un posdoctorado y dice “haya”. Esa diferencia de uso se llama diastrática.

Claro es que como miembros de la sociedad tenemos aspiraciones. Cuando voy al médico, yo espero que, gracias a su formación académica, me ausculte, prescriba el tratamiento adecuado y yo termine aliviado, curado. No me preocupa la ortografía ni la expresión oral del médico. Ahora bien, si en la fórmula él me escribe hacetaminofén, pues entraré en dudas, porque de un profesional espero que, por lo menos, escriba correctamente una palabra que ha visto y escrito todos los días. Pero ello no quiere decir que el médico use el idioma mejor que el campesino, ni que sea más inteligente, mucho menos...

Nadie habla mal su propio idioma, el gran tesoro de la cultura.

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Juan David Villa

Periodista y editor de textos

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