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The Americans, el final invisible
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 06 de julio de 2019

The Americans, el final invisible

Estuve aplazando la última temporada de The Americans durante más de un año. No quería llegar al final de esa historia. Temía lo peor: que alguno de los personajes que había estado acompañando durante cinco años fuera arrebatado de la vida, que las últimas imágenes estuvieran marcadas por la desdicha, que todo se derrumbara alrededor de ellos, que las máscaras que solían usar para pasar desapercibidos los desdibujara.

The Americans es una serie anacrónica, fuera de lugar. Pocas veces figuró entre las más aclamadas o la más premiadas, aunque sus protagonistas estuvieron nominados varias veces a los premios con mayor prestigio. Contaba la historia de una pareja de espías rusos que se instala en la sociedad americana para robar sus secretos. Tanto Elizabeth como Philip fueron entrenados desde muy pequeños en el arte de la muerte y el engaño. Asesinos letales, maestros del disfraz, cada misión les exigía ejercer con destreza la ciencia de la mentira. Y cada mentira iba horadando sus pilares emocionales y morales. Esa patria que les exigía los mayores sacrificios como seres humanos, era inclemente, ciega ante sus angustias.

Durante cinco temporadas acompañé la historia de esta familia. Sus esfuerzos para que sus pequeños hijos no fueran tocados por las intrigas políticas y militares de la guerra fría. Y cuando se estrenó la última temporada en el canal FX, la recibí con gusto, creyendo que alcanzaría la satisfacción de ver un final alucinante. Los primeros capítulos estuvieron pletóricos de una atmósfera melancólica apabullante: la familia Jennings estaba cercada, dividida, no había amor, la duda era el pan diario, la imposibilidad de comunicarse minaba su sendero de peligros. El presagio de una derrota me hizo abandonar la serie. La olvidé durante un tiempo y me dediqué a ver otras cosas. En ese punto The Americans me llenaba de tristeza.

Esta semana volví a los capítulos de la última temporada y resistí todo ese aire cargado de incertidumbre para ver uno de los cierres más sombríos que he visto en serie alguna. Por eso pienso que The Americans es una de las mejores series que se han producido: arriesgada, crítica, precisa a la hora de representar los contrastes del sueño americano y detectar la mampostería engañosa que lo sostiene. ¿Para qué recrear la paranoia nuclear de los años ochenta en pleno siglo XXI? El sentido parece apuntar a los problemas no resueltos que quedaron de esa época: aunque las tensiones se silenciaron y el muro cayó, el espíritu de la guerra se mantuvo muy despierto y eso es lo que quiere denunciar la serie, que el ansia de poder genera destrucción y la nación más poderosa del planeta no modera su feroz apetito. Tienen que existir personas como los Jennings para hacerle zancadilla al sistema, más que espías de una nación enemiga, ellos son un ejemplo de resistencia, aunque el desenlace de su historia no los trate con la justicia que merecen.

Vi el final de la serie con un nudo en la garganta. No hay victoria ni redención para los dos. Aunque su amor prevalece, el exilio es inevitable; más que el exilio, el destierro. Porque Philip y Elizabeth son personas sin patria. Aunque sus misiones estaban al servicio de la Unión Soviética y sus recuerdos de infancia los mantenía unidos a una causa, aquel lugar que consideraban su verdadero hogar les da la espalda. La familia, que parecía lo único verdadero en su rutina de farsas y celadas, termina fragmentándose y ni siquiera pueden contar con el alivio de las despedidas.

Llego un año tarde al final de esta serie pero verlo me siembra el deseo de repetir cada uno de sus capítulos para reivindicar la rebeldía soterrada que anida en el corazón de los dos espías. No son peones que obedecen sin debatir las órdenes atroces que sus comandantes invisibles les hacen llegar, son héroes cuyo viaje los transforma y aunque se manchan las manos de sangre, cada misión los acerca a la luz de una verdad que todavía hoy debería escucharse.

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