Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Colombia lleva cuatro años gobernada por un hombre convencido de que él es un ser infalible, que los problemas del presente son culpa de otros y que su papel es denunciarlos, no resolverlos.
Sesenta y nueve muertos. Soldados y policías. Jóvenes colombianos que sirvieron al país y que terminaron envueltos en la bandera que juraron defender. Familias destrozadas en el Putumayo, en el Valle, en Bogotá, en cada rincón del país. Ante una tragedia de esa magnitud, la primera obligación de un jefe de Estado es una sola: el duelo, la dignidad, el silencio respetuoso ante el dolor ajeno.
Gustavo Petro escogió otro camino.
Antes de que se enfriaran los restos del Hércules C-130 en la selva de Puerto Leguízamo, el presidente ya había encontrado al culpable. En sus redes sociales escribió: “Disparan balas en las palabras pero compran pura chatarra”. El mensaje era claro: la aeronave era basura, y alguien más la había comprado. El problema es que ninguna de las dos afirmaciones era verdad.
El avión involucrado, el C-130H Hércules con matrícula FAC-1016, era una aeronave previamente operada por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que fue donada al gobierno colombiano en octubre de 2020. Donada, no comprada. Es más, su gobierno había recibido otras iguales, y les había dado el visto bueno. Y en cuanto al estado de “chatarra” que denunció el presidente, el general Carlos Silva, comandante de la FAC, presentó en el Consejo de Ministros un informe técnico que indicaba que entre 2021 y 2024 la aeronave voló 345 horas, y en 2025 voló 537 horas, y anotó que aún tenía una vida útil de 40 años más. No era chatarra.
Ante esta corrección técnica hecha por el propio comandante de su Fuerza Aérea —un general nombrado por su propio gobierno, un oficial que conoce sus aviones—, cualquier mandatario con temple habría reconocido el error, guardado silencio o esperado los resultados de la investigación. Pero no. Petro decidió dejar salir el sabiondo que lo habita e intentó dejar claro ante el país, en el consejo de ministros televisado, que él sabe más de aviones que el comandante de la FAC. Y luego insistió en X: “No estoy de acuerdo ni con la interpretación ni con las explicaciones”.
Cada explicación del mandatario, cada cuenta de servilleta que intentaba hacer con su característica sobradez frente a un subordinado que con respeto lo escuchaba, daba indicios del grado de su ignorancia. El presidente, sin formación aeronáutica, sin acceso a los datos técnicos del avión, sin haber pisado el lugar del accidente, sin saber si era comprado o no, si era chatarra o no, decidió que sabe más que el general que comanda la institución. Que él, solo con su dispositivo móvil, entiende mejor la ingeniería del Hércules que quienes lo vuelan.
Petro concluyó anunciando que pediría “el listado de oficiales y funcionarios públicos que tienen responsabilidad en la adquisición y el mantenimiento de la nave”, para evaluar, según sus propias palabras, “la responsabilidad del gobierno de Duque”. Sesenta y nueve muertos, y el presidente ya estaba redactando una lista de enemigos. No una lista de protocolos a revisar. No un plan de modernización de flota. Una lista de culpables del gobierno anterior.
Ese episodio muestra mucho de lo que está mal en Colombia. Un presidente que confunde la soberbia con el liderazgo. Un presidente sin empatía con las víctimas y embargado por el odio a sus contradictores. Un presidente preso de una incapacidad extrema de reconocer errores.
El patrón es conocido. Cuando el país señala que su hijo Nicolás enfrentó cargos por corrupción, Petro dijo que él no lo crió. La responsabilidad siempre está en otro lugar, en otro tiempo, en otro gobierno. Él es siempre el diagnóstico, nunca la solución; siempre el juez, nunca el acusado.
Pero hay algo aún más profundo y más peligroso. Un líder que no reconoce errores no aprende de ellos. Y un gobierno que no aprende, repite. Las tragedias que pudieron prevenirse vuelven a ocurrir, los sistemas que fallaron siguen fallando, las alertas que nadie quiso escuchar siguen sonando sin respuesta. La negación no es solo un defecto moral, es un riesgo institucional. Colombia no necesita un presidente infalible, nadie lo es. Necesita uno capaz de mirar un error de frente y decir: fallamos, tenemos que cambiar. Esa frase, corta y difícil, vale más que mil discursos. Y la falta de ese reconocimiento, como hemos visto, puede costar vidas.
Colombia lleva cuatro años gobernada por un hombre convencido de que él es un ser infalible, que los problemas del presente son siempre culpa de otros y que su papel es denunciarlos, no resolverlos. Mientras tanto, en algún hospital de Bogotá, de Neiva, de Florencia, hay sobrevivientes del Hércules que no leen los trinos del presidente. Están ocupados aprendiendo a vivir sin un brazo, sin un compañero, sin parte de sí mismos.